Hoffmann había llegado á tiempo, en la época de la Regencia, después de la orgía de los placeres y de la orgía de los medicamentos con que se agravaba á la primera. Aquel sabio dijo: «Huíd de los médicos: sed sobrios y no bebáis más que agua.» Fué una reforma moral. Así, pues, vimos á Priessnitz (1830), después de las bacanales de la Restauración, imponer á la alta aristocracia de Europa la más ruda penitencia, alimentarla con el pan de los campesinos, tener en pleno invierno á las más delicadas señoras bajo las cascadas de agua de nieve, en medio de los pinares del Norte, en un infierno de frío que, por reacción, truécase en uno de fuego. Tan violento es en el hombre el amor á la vida, tan fuerte el temor que le causa la muerte, su devoción por la Naturaleza, cuando espera de ella una moratoria.
Y después de todo, ¿por qué no sería el agua la salvación del hombre? Según Berzelius, no somos más que agua (las cuatro quintas partes de nuestro cuerpo), y el día de mañana convertirémonos en agua. En la mayor parte de las plantas encuéntrase en iguales proporciones que en el cuerpo humano. Y asimismo cubre el agua salada las cuatro quintas partes del globo. Es el agua para el elemento árido una constante hidroterapia que le cura de su sequedad; ella apaga su sed, le da el sustento, hincha sus frutos, sus mieses. ¡Extraña y prodigiosa hada! Con poco, lo produce todo; con poco, todo lo destruye: basalto, granito y pórfido. Ella es la gran fuerza si bien la más elástica, que se presta á las transiciones de la universal metamorfosis. Ella envuelve, penetra, traslada, transforma la Naturaleza.
¡En qué desierto horroroso, en qué selva sombría no vamos á buscar las aguas que brotan del centro de la tierra! ¡Qué culto más supersticioso no profesamos hacia esos temibles manantiales que nos traen las escondidas virtudes y los espíritus del globo! He visto fanáticos que no tenían más Dios que Carlsbad, esa milagrosa reunión de las aguas más contradictorias. He visto devotos de Baréges; y yo mismo tuve el ánimo turbado ante los hirvientes fangos do hormiguea el agua sulfurosa de Acqui, obrando por sí misma con extrañas pulsaciones que sólo se notan entre los seres animados.
Las termas es cuestión de vida ó muerte; su acción es decisiva. ¡Cuántos enfermos se hubiesen consumido lentamente y merced á ellas han pasado con rapidez á la otra vida! A menudo esas poderosas aguas devuelven la salud momentáneamente al paciente, haciendo un temible llamamiento á las pasiones causa del mal. Entonces éstas vuelven á presentarse violentas, á grandes borbotones, como los hirvientes manantiales que las despiertan. Humaredas, vapores sulfurosos, aire embriagador de la comarca, todo esto aseméjase al aura que hinchaba, turbaba á la Sibila y la forzaba á hablar. Es una erupción de nuestro cuerpo que hace salir afuera lo que más empeño se hubiera tenido en ocultar. Nada hay oculto en aquellas Babeles donde bajo el pretexto de la salud, se vive fuera de las leyes de este mundo, adoptando las libertades del otro. Semimuertos y semimuertas véseles en las mesas del juego, pálidos y macilentos, engolfarse en placeres desenfrenados, de los que con frecuencia no despiertan.
El soplo del mar es otra cosa, puesto que por sí solo purifica.
Esa pureza procede también del aire, y especialmente del cambio rápido que se hace del uno al otro, de la mutua transformación de los dos océanos. Nada de reposo; en ningún sitio languidece la vida ni dormita. El mar la hace, deshácela y la rehace. A cada momento pasa, salvaje y vivaz, por el crisol de la muerte. El aire aun más violento, azotado una y otra vez por el viento, arrastrado por los torbellinos, concentrado para estallar en trombas eléctricas, está continuamente en revolución.
Vivir en la tierra, es el reposo; en el mar, una lucha eterna, pero lucha vivificadora para el que puede soportarla.
Los hombres de la Edad Media tenían en gran aversión y aborrecimiento al mar, «reino del Príncipe de los vientos.» Así nombraban al diablo. Al noble siglo XVII disgustábale vivir entre la ruda marinería. El castillo de aspecto monótono, con un tosco jardín, estaba casi siempre situado lejos, lo más lejos posible del mar, en algún sitio sin aire, privado de vista, rodeado de húmedas arboledas. Asimismo, el caserío inglés, perdido entre la sombra de copudos árboles y entre la pesada niebla, reflejaba con frecuencia su silueta en el fango de algún insalubre pantano. Lo que hoy llama la atención en Inglaterra, sus numerosas quintas marítimas, la afición á vivir á orillas del mar, los baños hasta en lo más crudo del invierno, todo esto es cosa moderna, premeditada y deseada.