A veces no hay necesidad de errar á mucha distancia: todo lo encontramos en un mismo sitio. Diviértese el Océano fabricando en el hueco de una roca océanos en miniatura que no por ser pequeños dejan de estar completos; esto es, un mundo de algunos pies en cuadro. Uno se sienta y contempla. Cuanto más miramos más existencias descubrimos, primero imperceptibles y que luego se destacan. No nos moveríamos de aquel sitio, si el amo, el imperioso soberano de la playa no nos expulsara por medio del flujo.
Al día siguiente, uno se encamina al mismo punto. Es aquello la escuela, el museo, el insaciable divertimiento para el hijo y la madre. Allí el ojo avizor de la mujer á la par que su tierno corazón, adivinan cuanto pasa sin escapárseles el menor detalle. La maternidad indícale cómo se va creando la vida, formándose. ¿Queréis saber ahora por qué su instinto le revela tan rápidamente la Creación, por qué penetra con paso llano (como entraría Pedro por su casa) en el misterio de la Naturaleza? Porque la mujer es la misma Naturaleza.
En el fondo del agua untuosa vense pequeñas algas, pequeñas sí, pero sustanciosas y nutritivas, y otras plantas liliputienses de finos y apreciados dibujos: pradera paciente para alimentar sus ganados, los moluscos, que ramonean por encima. Lepadas y bocinas, rombos, almejas violadas, telinas rosadas ó color lila, gente tranquila toda, esperarán. Mejor resguardados los balanos merced á su ciudad fortificada, cierran sus cuádruples ventanales. Mañana les veréis todavía en aquel sitio. ¿Acaso en medio de su inercia no sueñan con el movimiento? ¿No tienen una idea confusa y el amor de lo desconocido? ¿Ignoran que algún ser benéfico se aparecerá en ciertos momentos á refrescarles y alimentarles?... ¡Oh, no! piensan en todo esto, y aguardan. Viudas dichas conchas del gran esposo, el Océano, saben que volverá en dirección á la tierra para acariciarlas. Y anticipadamente miran hacia él, y las que tienen casas fijas cuidan muy bien de que la puerta esté en aquella dirección y pronta á abrirse. Si se muestra un tanto violento su regenerador, mejor que mejor, así las mece más cariñosamente.
«Vé, hijo mío, cómo al acercarnos, esos inmóviles se han quedado solos; otros más activos huyeron al oir nuestros pasos, pero ya se tranquilizan. El bullicioso langostino irisa el agua con sus palpos delgados, encargándose de producir las olas y la tempestad á medida de un tal Océano. La araña del mar, lenta é insegura, líbrase por su tímida audacia; sube hacia la luz, á la tibia superficie. Un personaje prudente, agazapado en el fondo del fuco, bajo las violadas coralinas—el cangrejo,—avanza curioso, y después de lanzar una mirada furtiva, se zambulle en su selva.
«Pero ¿qué veo?, ¿qué es esto?: una concha enorme, inmóvil hasta este momento, recobra la vida, prueba á andar... ¡Oh! esto no es natural. ¡Vaya un fraude más grosero! El intruso se vende, gracias á los singulares tumbos que da... ¿Quién queréis que deje de conoceros, preciosa máscara, sir Bernardo el Ermitaño, taimado cangrejo que tratabais de haceros pasar por un inocente molusco? Los peces que cargáis sobre vuestra conciencia os perturban y agitan demasiado.»
Orillas de nuestro Océano, extrañas á esos movimientos, las flores animadas despliegan sus corolas. Junto á la pesada anémona se ostentan y reflejan á los rayos del sol deliciosas hechiceras (los anélidos). De un tortuoso tubo surge un disco, una umbrela blanca ó color lila y á veces color carne. Un tanto ladeada ha desprendido de sí misma cierto objeto que no tiene igual en el mundo vegetal: no hay ninguna que se asemeje á su hermana, siendo inimitables por la delicadeza de su aterciopelado matiz.
He aquí una sin parasol, que deja flotar al viento una nube de tenues hilitos, coposos, teñidos apenas de un gris plateado. Cinco hilitos se desprenden más largos que los otros y de color de cereza; ondulan, anúdanse y se desanudan, y enlazándose á los cabellos de plata, producen en el agua encantador efecto. Esto nada dice á nuestros sentidos groseros; pero habla muy alto para aquella que vive una existencia nerviosa, para el sutil ingenio de la mujer enferma á quien cualquier cosa electriza. A sus rojos y lánguidos colores, paulatinamente se reconoce, siente el soplo vital que se enciende, brilla y vuelve á apagarse. ¡Visión tiernísima! Y otra vez fija su mirada en aquel delicioso océano en miniatura, y entonces penetra mejor la Naturaleza, madre fecunda, pero tan severa, que parece encontrar un áspero gozo en devorarse á sí misma.
Nuestra heroína permaneció sumida en éxtasis, oprimido el corazón por aquella idea. La mujer no sería mujer, es decir, el encanto del Universo, si no poseía ese don precioso: La ternura que no la deja hasta el sepulcro, la piedad y sus lágrimas, más valiosas que las más ricas perlas de los mares.
La que nos ha dado tema para este capítulo y algunos otros, no lloraba; pero ¡estaba tan próxima á hacerlo! El niño lo vió, y estando dotado, como todos los niños, de una penetración muy rápida, no despegó los labios, de suerte que el regreso al hogar fué silencioso.
Era el primer día en que aquella mujer, para dar gusto á su hijo, comenzó á deletrear con el alma el idioma de la Naturaleza; y de improviso habíale dirigido aquel idioma palabras tan misteriosamente conmovedoras que penetraron al fondo de su corazón.