La tempestad que he observado mejor es la que hizo estragos en el Oeste, el 24 y 25 de octubre de 1859, que se renovó con más furor y con imponente grandiosidad el viernes 28 del mismo mes, durando el 29, el 30 y el 31, implacable, infatigable, seis días con sus noches, á excepción de un corto intervalo. Innumerables fueron las embarcaciones perdidas en nuestras costas occidentales. Antes y después, se experimentaron muy graves perturbaciones barométricas; los alambres del telégrafo quedaron rotos ó inservibles, interrumpidas las comunicaciones. Algunos años cálidos habían precedido á esa tempestad, y después de ella hubo una gran variedad de tiempo, ya frío ya lluvioso. Y el presente año de 1860, hasta el día en que escribo estas líneas, está entregado á la obstinada anegada de los vientos Oeste y Sur, que parece quieren traer sobre nosotros todas las lluvias del Atlántico y del grande Océano Austral.

Contemplaba esta tempestad de un sitio grato y apacible, cuya dulzura no daba el más pequeño indicio de lo que iba á acontecer. Hablo del puertecito de Saint-Georges, junto á Royan, en la desembocadura del Gironde. Allí habían transcurrido cinco meses de mi existencia en completa calma, sumido en la meditación, interrogando mi corazón, y buscando responder al asunto que traté en 1859, asunto tan delicado, tan grave. El sitio, el libro, se mezclan agradablemente á mis recuerdos. ¿Me habría sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo que puedo afirmar es que el perfume agreste del país, su severa suavidad, los olores de vivificante amargura que constituyen el encanto de sus matorrales, la flora de las landas, la de los méganos, mucho han contribuido á dar animación al libro en cuestión, prestándole su sabor, que nunca desaparecerá.

Los moradores están en su sitio en medio de aquella naturaleza. No son vulgares ni groseros. El campesino es grave, de rectas costumbres. Los marineros son todos pilotos, pequeña tribu protestante librada del furor de las persecuciones religiosas. Allí existe la honradez primitiva (son desconocidos todavía en ese país los cerrojos); nada de ostentación. Obsérvase una modestia no acostumbrada entre los hombres de mar, la discreción y el tino que no siempre se encuentran en las clases más elevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos, tuve, sin embargo, el reposo y tranquilidad requeridos para trabajar á mis anchas. Esto hizo que me interesara más y más por aquellos hombres y sus peligros. Sin hablarles, todos los días les acompañaba con mis votos en su oficio de héroes. El estado del tiempo me inquietaba, y con frecuencia me preguntaba al contemplar el paso peligroso, si el mar, durante largo tiempo terso y tranquilo, no se trocaría de repente en montuoso y cruel.

Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada mañana desde mi ventana veía enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por la aurora, de un sinnúmero de barcos mercantes que aguardaban la brisa favorable para partir. Allí, el Gironde no tiene menos de tres leguas de ancho: tan solemne como los grandes ríos americanos, ostenta, sin embargo, la animación de Burdeos. Royan es un pueblecito de recreo adonde acuden gentes de toda la Gascuña. Su bahía y la de Saint-Georges disfrutan del espectáculo gratuito que dan los marsuinos al entregarse alegremente á la caza de los bañistas en pleno río, zambulléndose y dando saltos fuera del agua hasta la altura de cinco ó seis pies. Parece como que saben perfectamente que en aquel país nadie se libra á la pesca; que en el sitio de combate, donde lo que preocupa al marinero es la dirección y salvamento de su embarcación, nadie hace caso de lo que puede valer el aceite de un marsuino.

Añadid á esa alegría de las aguas la preciosa é incomparable armonía de ambas riberas. Los pingües viñedos del Medoc se ostentan enfrente de las mieses de la Saintonge, de su variada agricultura. El cielo no tiene la belleza fija, y á veces monótona, del Mediterráneo. El de ese país es muy variable. Aguas saladas y dulces se elevan de las nubes iríseas, proyectando, sobre el espejo de donde proceden, extraños colores, verde-claro, rosado y violeta. Creaciones fantásticas, que pasan como una exhalación para ser después más deplorada su pérdida, adornan la puerta del Océano en forma de monumentos originales, atrevidas arcadas, puentes sublimes y á veces arcos triunfales.

Las dos playas semicirculares de Royan y de Saint-Georges, con su fina arena, constituyen para los pies delicados el más suave paseo, que se prolonga sin cansancio por el sendero de pinos que alegran la duna con su verdor. Los magníficos promontorios que separan esas playas y las landas del interior, envían, aun á lo lejos, salutíferas emanaciones. La que domina las dunas es un tanto medical, emanación suave de las siemprevivas, donde parecen concentrarse todos los rayos solares y el calor de las arenas. En las landas florecen las plantas amargas, con un encanto penetrante que desentumece el cerebro y revive el corazón. Allí se ostentan el tomillo y el sérpol, la mejorana amorosa, y la salvia bendecida de nuestros padres por sus grandes virtudes. La menta que sabe á pimienta y, sobre todo, la clavellina silvestre, exhalan los finos perfumes de las especias de Oriente.

Parecíame que, en medio de aquellas landas, el canto de las aves tenía más armonía que en parte alguna. Nunca he visto una calandria como la que se posó en el mes de julio sobre el promontorio de Vallière. Animada del espíritu de las flores, subía por el espacio, reflejando sobre su plumaje los rayos del sol poniente bajo el Océano. Su voz que venía de tan alto (tal vez se encontraba á mil pies de tierra), á pesar de su potencia conservaba toda su modestia y dulzura. Al nido, al humilde surco, á los pequeñuelos que la contemplaban dirigía visiblemente su canto agreste y sublime: hubiérase dicho que con su armonía se hacía la intérprete del espléndido sol, de la gloria do se cernía, sin orgullo, y que animaba á sus pequeñuelos diciéndoles: «¡Subid, hijitos míos!»

De todo esto, canto y perfumes, brisa suave y mar dulcificado por el agua del plácido río, fórmase una armonía infinitamente agradable, aunque sin grande ostentación. La luna parecíame luminosa sin despedir gran claridad, las estrellas muy visibles, pero poco brillantes. Un clima agradabilísimo, completamente humanizado, y que sería voluptuoso á no estar saturado de un no sé qué que da lugar á la reflexión, aleja de la mente los ensueños y nos vuelve á la realidad.


¿Cómo es esto? ¡Acaso se debe á las arenas movedizas, á las veleidosas dunas, á los calizos poco firmes y cubiertos de fósiles, que os advierten la movilidad universal? ¿Es el recuerdo silencioso, pero no borrado, de las persecuciones protestantes? La causa de aquel interior agreste débese más que á otra cosa á la solemnidad que reviste el país, á los continuados naufragios, á la proximidad de un mar terrible cual ninguno.