Un gran misterio se verifica en aquel sitio solemne, un tratado, un enlace, empero enlace mucho más importante que cualquiera himeneo real. Enlace, es verdad, de conveniencia entre esposos poco adecuados. La dama de las aguas del Suroeste, doblemente engrosada por el Tarn y el Dordogne, empujada por sus violentos hermanos los torrentes de los Pirineos, viene á ofrecerse (entiéndase que hablamos de la amable y soberana Gironde) á su gigantesco esposo el viejo Océano. Empero en ningún sitio éste es más áspero, más avinagrado. La triste barrera de lodos del Charante, y luego la dilatada faja de arenas que le detienen por espacio de cincuenta leguas, pónenle malhumorado. Cuando no desencadena su cólera sobre Bayona y San Juan de Luz, azota la pobre Gironde. No se desliza, como el Sena, abrigado por varias costas, sino que va en línea recta al ilimitado Océano. Las más de las veces éste le rechaza, y entonces retrocede y se desparrama á derecha é izquierda, escondiéndose por los pantanos de la Saintonge y hasta bajo los viñedos del Medoc, comunicando á sus vinos las cualidades de sobriedad y enfriamiento que constituyen el espíritu de sus aguas.

Ahora, figuraos el atrevimiento del hombre, que llega al punto de lanzarse entre los esposos en el fragor de la lucha, para ir, montado en una frágil barquilla, afrontando los golpes que se prodigan, en busca de la tímida embarcación detenida en la embocadura y no atreviendo á aventurarse. Ahí está el peligro que corre la vida de mis pilotos, vida modesta, pero tan gloriosa cuando se encuentre un Homero que cante su Odisea.

Compréndese fácilmente que el viejo soberano de los naufragios, el antiguo atesorador de tantos bienes sumergidos, no sabe agradecer ni poco ni mucho á los indiscretos que se presentan á disputarle su presa. Si en ocasiones les deja obrar, suele también con frecuencia, malicioso y cazurro como es, herirlos, vengarse, más contento de ahogar á un piloto que de engullirse las embarcaciones.

Con todo, tiempo hacía que no se citaba ningún accidente marítimo. El muy cálido verano de 1859 no ofreció otro siniestro en aquellos parajes que una barca destrozada en el mes de junio. Mas cierta agitación inexplicable hacía prever alguna desdicha. Llegaron septiembre y octubre. La turbamulta de visitantes que sólo pide sonrisas al mar, habíase eclipsado. En cuanto á mí, allí me estaba, clavado á causa de mi obra no terminada, á la par que por el singular atractivo que tienen esas estaciones intermedias.

Observábase la veleidad y rareza de vientos que pocas veces se ofrece: ejemplo, una brisa abrasadora del Este, una ráfaga huracanada procedente constantemente de la parte serena. En ocasiones, las noches eran calurosas (y más en septiembre que en agosto), sin poder nadie pegar los ojos; agitadas, nerviosas; el pulso latía aceleradamente, estaba conmovido sin causa aparente, el temperamento hacíase desigual.

Un día que nos encontrábamos sentados en las pinadas, azotadas por el viento, aunque un tanto abrigadas por la luna, oímos una voz juvenil, extraordinariamente clara y penetrante, de un timbre muy acerado. No obstante, era la voz de una casi niña, de perfil austero. Acertaba á pasar con su madre y cantaba con toda la fuerza de sus pulmones el refrán de una antigua canción. Suplicámosla que se sentara y cantase toda la canción.

Aquel poemita rústico expresaba á maravilla el doble espíritu de la comarca. La Saintonge es un país agrícola, amante del hogar doméstico. Carece del ánimo aventurero de los vascos. Pero, á pesar de sus gustos sedentarios, se convierte en marítima lanzándose al acaso. ¿Por qué? Con harta claridad lo explica la leyenda.

La preciosa hija de un rey que se entretenía en lavar su ropa, imitando en esto á la Nausicaa de la Odisea, deja que las aguas del mar le roben su sortija: el hijo de la costa se lanza al agua para recobrarla y se ahoga. Llora la joven y queda convertida en el romero de la playa, tan amargo y doloroso á la vez.

Esa balada de los naufragios, cantada en tan crítico momento y en medio de un bosque gimiendo por la inminencia de la tempestad, me conmovió, encantóme, empero vino á fortificar el presentimiento que me corroía el alma.