Podía estar seguro cada vez que iba á Royan, que la tempestad me sorprendería en el camino, á pesar de que el viaje sólo es de algunas horas. Desencadenábase sobre mí al llegar á los viñedos de Saint-Georges, y á la landa del promontorio que trepaba primero, y aumentaba su fuerza en la gran playa circular de Royan que yo seguía. A pesar de estar en el mes de octubre, la landa conservaba sus perfumes agrestes, que á cada instante me parecían más penetrantes. En la apacible playa, el viento, tibio y dulce, me azotaba el rostro, y con no menos dulzura á pesar de lo sospechoso de sus caricias, el mar lamía mis pies. Ni el uno ni el otro me engañaban, estando bien persuadido de la escena que preparaban.

Como preludio y después de veladas agradables, estallaban á mitad de la noche espantosos ventarrones. Esto aconteció varias veces, en particular el 26: la noche de ese día empecé á temer que se preparaban grandes desastres. Nuestros marinos se habían ausentado. En las dilatadas fluctuaciones de la crisis equinoccial se espera un poco; y, si las cosas se prolongan, el deber y el oficio discurren; se hace caso omiso de todo, y uno se arriesga, salga lo que salga. Tuve, pues, el presentimiento de una desgracia, y dije para mí: «Alguien perece.»

Y era la pura verdad.

Una embarcación de práctico, que á pesar de lo embravecido del mar había salido para librar del peligro del paso á un buque mercante, perdió uno de sus hombres, y aun la embarcación estuvo á punto de zozobrar. El desgraciado dejaba tres hijos y su mujer embarazada. Y lo más sensible del caso era que aquel hombre excelente, alentando en su pecho un amor generoso de que se dan muchos ejemplos entre los marinos, había tomado por compañera á una joven inútil para el trabajo, pues accidentalmente perdió varias falanges de los dedos. ¡Situación horrible la de esta mujer inválida, en cinta y viuda!

Hízose una colecta, y yo llevé á Royan mi pequeño óbolo. Encontré un piloto que me habló de aquel suceso con sincero dolor. «Este es nuestro oficio, caballero: cuando el mar ruge con toda su fuerza, entonces estamos obligados á salir.» El comisario de la marina, en cuyas manos están los registros de los vivos y de los muertos, y que conoce mejor que nadie la suerte de esas familias, me pareció hallarse también muy triste é inquieto. Todos veíamos perfectamente que la cosa apenas comenzaba.

Dirigíme á la playa, y en aquel trayecto asaz largo tuve ocasión de observar, de estudiar en una zona de nubes que, á mi entender, podía extenderse en todas direcciones cosa de ocho ó diez leguas. A mi izquierda vislumbrábase la Saintonge, cuyas orillas seguía, en espectación, triste é insensible; á mi derecha el Medoc, del que me separaba el río, ofrecía una calma sombría; y detrás de mí, viniendo del Oeste, del Océano, se elevaba un mundo de negras nubes; aunque, de frente, una fuerte brisa terrestre de Burdeos parecía querer detenerlas. Esa brisa bajaba por el Gironde, y hubiera podido esperarse que el poderoso río, merced á tan protectora é impetuosa corriente, haría retroceder la lúgubre cortina que levantaba el Océano.

En medio de mi incertidumbre miraba hacia atrás y consultaba á Cordouan, el cual parecióme sobre su escollo, de una palidez fantástica. Su torre asemejábase á un espectro que exclamara: «¡Desdicha!» «¡desdicha!»


Después de calcular mejor la situación, vi perfectamente bien que el viento terrestre no sólo sería vencido, sino que era el auxiliar de su enemigo. Aquel viento soplaba muy bajo sobre el Gironde, hundiendo, derribando todos los obstáculos inferiores, y despejando por debajo la vía los elevados y sombríos nubarrones que procedían del Océano: les formaba, como un rail deslizador, sobre el cual el camino era mucho más fácil. En poco tiempo, todo terminó por la parte de tierra; cesó la brisa, disolviéndose en tintas grises, reinando sin obstáculo desde aquel momento los vientos superiores.

Al llegar yo á los viñedos de Vallière, cerca de Saint-Georges, gran número de personas estaban en los campos, terminando á toda prisa sus faenas, pues creían no poder trabajar en muchos días. Comenzaban á caer las primeras gotas, mas, al poco rato, todo el mundo tuvo que recogerse á sus casas.