Había presenciado muchas tempestades, leído mil descripciones de ellas, y por lo tanto no creía tener motivo para asombrarme. Empero nada hacía prever el efecto que ésta me causó, tanto por su duración como por su sostenida violencia y su implacable uniformidad. Cuando hay su más ó su menos, un momento de reposo ó un crescendo, en fin, alguna variación, el alma y los sentidos encuentran un no sé qué, que calma, que distrae, que responde á la imperiosa necesidad de la variedad. Mas, en la presente ocasión, fueron cinco días con sus noches, sin tregua, sin aumentar ni disminuir, siempre la misma furia y sin la menor variedad en lo horrible del cuadro. No hubo truenos, ni combates entre las nubes, ni el mar se desgarró. De improviso, una gran tinta cenicienta cerró el horizonte por todos lados; nos vimos envueltos en aquel fúnebre sudario, sin quedar por eso completamente á obscuras, y descubriendo un mar aplomado y blanquizco, aborrecible y desolador por su monotonía furiosa, sin entonar más que una nota. Parecía el alarido de un gran caldero que hierve: no hay poesía terrorífica capaz de parangonarse con aquella prosa. Continuamente, continuamente el mismo tono: ¡Oh! ¡oh! ¡oh! ó ¡uh! ¡uh! ¡uh!
Como habitábamos en la misma playa, éramos más que espectadores de la escena: constituíamos una parte de ella. En ciertos momentos, llegaba el mar hasta veinte pasos de nuestra habitación, no dando un solo golpe sin que temblara la casa. Nuestras ventanas tenían que soportar (por fortuna no completamente de frente) el inmenso viento del Suroeste que traía un torrente, digo mal, un diluvio, el Océano convertido en lluvia. Desde el primer día tuvimos precipitadamente, y no sin gran trabajo, que cerrar las ventanas y encender luz para poder distinguir los objetos en pleno día: en las habitaciones que daban al campo, el estruendo y la conmoción eran tan notables como en las demás. Yo persistí en trabajar, pues tenía curiosidad de saber si aquella fuerza salvaje lograría oprimir, poner trabas al libre albedrío, y conseguí no obstante mantener mi pensamiento en actividad, dueño de sí mismo. Escribía y me observaba. A la larga, sólo la fatiga y la falta de sueño consiguieron trastornar una de mis potencias, creo que la más delicada del escritor, el sentido rítmico. Mis frases se deslizaban inarmónicas, siendo ésta la primera cuerda de mi instrumento que se encontró rota.
El gran mugido no tenía otra variante que las voces, extrañas, fantásticas, del viento desencadenado sobre nosotros. La casa que habitábamos le estorbaba, siendo para él un blanco que asaltaba de mil maneras. Unas veces, era el golpear brusco del amo que llama á la puerta; sacudidas como de una mano de hierro que quisiese arrancar el marco; otras, agudos quejidos por la chimenea, lamentos por no poder penetrar, amenazas porque no abríamos la puerta, en fin, cóleras, horrorosas tentativas para arrancar el techo. Y sin embargo, esos ruidos eran ahogados por el grande ¡oh! ¡oh! ¡Tal era la inmensidad, el poder, lo espantoso de esto! El viento nos parecía secundario, si bien lograba hacer penetrar la lluvia. Nuestra casa (iba á decir nuestra embarcación) hacía agua: el granero, traspasado en varios puntos, derramaba el líquido elemento á raudales.
Ocurrió algo más grave: el huracán en su furia, y por un esfuerzo desesperado, logró arrancar el gozne de una de las ventanas, que desde entonces, aunque cerrada, temblaba, bamboleábase, se agitaba, y hubo necesidad de afirmarla atándola fuertemente por sus hierros al que estaba más sólido. Para esto fué preciso abrir la ventana: en el momento que lo hice, aunque abrigado por ella, sentíme como envuelto en un torbellino, medio ensordecido por la horrible fuerza de un ruido parecido á un cañonazo, á varios cañonazos que sin interrupción hubiesen disparado en mis oídos. Por los resquicios de la ventana observé una cosa que daba la medida de esas fuerzas incalculables, y era que las olas, cruzándose y rompiéndose unas con otras, con frecuencia no podían caer: por debajo la ráfaga las levantaba cual ligera pluma, desparramando por el campo aquellas pesadas moles. ¿Qué hubiera acontecido si desapareciendo la ventana, el viento embarcara, en nuestra casa aquellas imponentes olas que sostenía y empujaba con la rigidez de una tromba, y conducía á través de los campos, terribles y al aire?...
Teníamos la extraña suerte de poder naufragar en tierra firme: nuestra casa, tan cercana al mar, estaba expuesta á ver desaparecer su techo, ó tal vez todo un piso. Esto inquietaba no sólo á nosotros, sino á todos los habitantes del lugar, como nos lo confesaron, aconsejándonos la abandonásemos. Empero nosotros suponíamos que tan larga tormenta tendría fin, y contestábamos siempre: Mañana.
Las noticias que se recibían por la vía terrestre eran desastrosas: sólo hablaban de naufragios. El 30 de octubre, un buque procedente de los mares del Sur pereció á nuestra vista, en el paso, ahogándose cuantos lo tripulaban (una treintena de hombres). Después de haber evitado las rocas, los escollos, había llegado frente á una playecita de menuda arena, donde acostumbraban bañarse las mujeres. Pues bien: en aquella playa, levantado por el torbellino, indudablemente á grande altura, cayó con horrorosa pesadez y fué aporreado, derrengado, dislocado, quedando en aquel sitio como un cadáver. ¿Qué se hicieron sus tripulantes? No se encontró la menor traza de ellos, creyéndose que tal vez todos habían sido barridos de sobre cubierta.
Tan trágico suceso daba á suponer que hubiesen ocurrido otros muchos idénticos; de suerte que el pensamiento no soñaba más que desventuras. Y el mar, entretanto, parecía no estar harto todavía. Todos estábamos saciados; él no. Yo veía á nuestros pilotos aventurarse detrás de una muralla que les cubría por el Suroeste, observar con inquietud, mover la cabeza. Por fortuna para los pobres, ninguna embarcación se atrevió á penetrar, y por lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De lo contrario allí estaban, prontos á jugar sus vidas.
Por mi parte también contemplaba insaciablemente aquel mar que me causaba odio. No encontrándome realmente en peligro, mi fastidio y desconsuelo eran mayores. ¡Cuan feo era el mar! ¡Qué horrible su aspecto! Nada recordaba en aquel momento los vanos cuadros de los poetas; únicamente que, por un extraño contraste, cuanto más cundía mi desaliento, tanto más animado él se presentaba. Todas aquellas olas electrizadas por tan furioso movimiento hallábanse grandemente estimuladas y en posesión como de un alma fantástica. En el furor general, cada cual desempeñaba un papel distinto; y en la total uniformidad (cosa verdadera aunque contradictoria), notábase un diabólico hormigueo. ¿Acaso era esto visión de mis ojos y de mi fatigado cerebro, ó la pura verdad? Las olas me hacían el efecto de un espantoso mob, de un horrible populacho; no hombres, sino perros ladrando, de miles y miles de dogos rabiosos, ó más bien, dementes... ¿Qué estoy diciendo? ¿Perros? ¿Dogos? no era esto, no; sino execrables é innominadas apariciones, bestias sin ojos ni orejas, sin otro órgano que sus espumantes bocazas.
¡Monstruos! ¿Qué queréis? ¿No estáis aún embriagados con los naufragios de que tenemos noticia á cada momento? ¿Qué más pedís?—«Tu muerte y la muerte universal, la supresión de la tierra y la vuelta del caos.»