Los faros.

Impetuosa es la Mancha con su estrecho do se sumerge el flujo del Océano del Norte; áspero es el mar bretón con los violentos remolinos de sus cortaduras basálticas; mas, el golfo de Gascuña, desde Cordouan á Biarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. En dirección al Mediodía se vuelve de repente extraordinariamente profundo, un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara á un gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapándose de allí bajo espantosa presión, se eleva á alturas de que no hay otro ejemplo en nuestros mares.

La marejada del Noroeste es el motor de la máquina, y si es un tanto más Norte empuja hacia el fondo del golfo, va á aplastar San Juan de Luz. Más Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas al infortunado Cordouan.

No se conoce bastante á ese respetable personaje, á ese mártir de los mares; y creo que de todos los faros de Europa es el más viejo. Uno solo puede disputarle su antigüedad, la célebre linterna de Génova; mas la diferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentada tranquilamente sobre una roca excelente y muy sólida, puede reirse de las tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeado continuamente de agua. En verdad que fué mucha audacia edificar sobre la misma onda, ¿qué digo? sobre la violenta onda, en medio del eterno combate de un río y un mar semejantes.

Estos, le prodigan á cada momento ó sendos latigazos ó pesados bofetones que truenan sobre él como un cañonazo. Aquello es un eterno asalto. El mismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes de los Pirineos, combate por momentos á ese portero del paso, como si fuera responsable de los obstáculos que le opone el Océano.

Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar: todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, corre peligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terrible como tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe al navegante, ni hay un solo punto de abrigo.

Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas, mi contemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era Cordouan. Perfectamente comprendía que su posición de guardián de los mares, de vigilante constante del estrecho, constituían aquella mole en una especie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, se ofrecía á mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona de gloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible, flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negro manto la noche, cuando aparecía bruscamente su luz roja y lanzaba sus miradas de fuego, parecía un inspector celoso que vigilaba las aguas, penetrado é inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el mar sucediese, él siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, solía arrancar alguna víctima de sus brazos, y no obstante él tenía la culpa de la furia de los elementos. Así es cómo la ignorancia acostumbra á tratar al genio, acusándole de los males que descubre. Me acuso en este sitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encendía á la hora acostumbrada, si sobrevenía el mal tiempo, le acusaba, le reprendía. «¡Ah! ¡Cordouan! ¡Cordouan! ¿No puedes traernos, blanco fantasma, más que huracanes?»


Y, sin embargo, creo que debimos á él, en la tempestad de octubre, la salvación de nuestros treinta hombres. La embarcación se hizo trizas, mas se salvaron los que la tripulaban.

Gran cosa es ver do se naufraga, irse á pique en plena luz, con conocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de que se puede echar mano. «¡Dios todopoderoso! ¡Si es nuestro destino perecer, que á lo menos perezcamos de día!»