Cuando la embarcación, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje, llegó de noche cerca de las costas, había mil probabilidades contra una de no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave le advertía que evitase el Medoc; á la izquierda, el pequeño faro de Saint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado de la Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre el escollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indica el paso.
Por un esfuerzo desesperado logró pasar la embarcación, pero fué todo. El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: la benéfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Los treinta vieron do estaban, que iban á encallar en la arena y que tal vez podrían salvar sus vidas si abandonaban á tiempo el frágil leño. Puesto en práctica su pensamiento, confiáronse á la tormenta, al furor del viento; y, efectivamente, los trató éste como á esas olas que arrastra hacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topándose unos con otros, magullados, fueron arrojados no sé dónde, pero es lo cierto que salieron del peligro con vida.
¿Quién es capaz de contar el número de hombres y de barcos que salvan los faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusión en que los más animosos se turban, no sólo indica el camino, sino que presta valor, impidiendo al ánimo extraviarse. Es un gran apoyo moral decirse en el trance supremo: «¡Persiste! ¡un esfuerzo más!... Si el viento y el mar son tus contrarios, no estás solo, la Humanidad vela por ti.»
Los antiguos, que seguían las costas y las tenían á la vista incesantemente, necesitaban más que nosotros alumbrarlas. Dícese que los etruscos fueron los que empezaron á entretener los fuegos nocturnos sobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; una columna, una torre. Los celtas también fabricaron, existiendo todavía importantes dolmens precisamente en los puntos favorables de donde pueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano había iluminado, de promontorio en promontorio, todo el Mediterráneo.
El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de la sombría Edad Media, apagan todo eso, cuidándose de auxiliar los desembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco es un enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del náufrago constituye una de las rentas del señor: es el noble derecho de fractura. Conocido es el Conde de León enriquecido por su escollo, «piedra preciosa—decía,—más que cuantas causan la admiración del vulgo en las coronas de los reyes.»
En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores han causado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que se veían desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado alguna catástrofe cuando se han confundido entre sí. Una luz tomada por otra inmediata, á veces dió motivo á terribles equivocaciones.
Después de sus grandes guerras, la Francia tomó la iniciativa del nuevo arte de luces y de su aplicación en beneficio del género humano. Armada con el rayo de Fresnel (una lámpara de la potencia de cuatro mil y que se distingue á doce leguas de distancia), erigió una cintura de esas poderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas á otras. Así desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.
Para el marino que se guía por las constelaciones, este invento fué como un nuevo cielo que se le ofreció, creando á la vez los planetas, estrellas fijas y satélites, y dando á esos astros de invención, los matices y caracteres diversos de los de arriba. Asimismo varió el color, la duración, la intensidad de su centelleo. A los unos, dió la luz tranquila que basta para las noches serenas; á los otros, una luz movible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro lados del horizonte: éstos, como los misteriosos animales que alumbran el mar, tienen la viviente palpitación de una llama que relumbra y palidece, que brota y muere. En las sombrías noches de tormenta, se conmueven, parecen tomar parte en las convulsiones del Océano, y, sin sorprenderse, devuelven fuego por fuego á los resplandores celestes.