»Empero la vida, sin llegar á su disolución suprema, muda sin cesar, trasuda de sí cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animales terrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas, á que es dado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de los mares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vida naciente, encontrando en suspensión la superabundancia oleosa de esa trasudación común, las partículas todavía animadas, los líquidos vivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve á caer en estado inorgánico, sino que entra rápidamente en los nuevos organismos. De todas las hipótesis, ésta es la más verosímil; si se rechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.»


Las opiniones que acaban de exponerse, debidas á los hombres de ideas más avanzadas y más serios del día, no son inconciliables con las que profesaba hará cosa de treinta años, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre el mucus general, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida. «Es—dice aquel sabio,—la sustancia animalizable, el primer grado de los cuerpos orgánicos. No hay seres, animales ó vegetales, que no la absorban ó la produzcan en la primera época de la vida, por débiles que sean, aumentando su abundancia más bien en razón de su debilidad.»

Esta última frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar. La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, que absorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dándolas la fecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentan nuevos recién nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.


Asistamos á la obra divina; tomemos una gota de agua de mar. Allí veremos cómo comienza la primitiva creación. Dios no opera hoy de un modo y mañana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sus transformaciones me va á contar la historia del Universo. Esperemos, y á observar.

¿Quién es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua? Planta-animal, animal-planta, ¿cuál debe salir primero?

Dicha gota ¿será el infusorio, la mónade primitiva que agitando y vibrando no tarda en convertirse en vibrador; el que, de escalón en escalón, pólipo, coral ó perla, llegará, tal vez, en el transcurso de diez mil años á la dignidad de insecto?

Lo que surgirá de esa gota ¿es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedoso plumión que nadie creería un ser, y no obstante es el primer cabello de una joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedad cabello de Venus?

Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fábula, no: es historia natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal y animal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse el primogénito de la vida.