¡Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economía de sustancia y de materia, con nada comienza á crear tan majestuosamente! ¡Sublime abertura! Estos (¿qué importa su tamaño?) tienen una potencia colosal de absorción y de movimiento, que estarán muy lejos de poseer los enormes seres clasificados mucho más alto en la serie animal.
La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen, son para el rotífero lo que yo sería al lado de los Alpes, de las cordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con la vista, y apenas por el cálculo y la imaginación.
Sin embargo, ¿qué se han hecho entre esas montañas animales la presteza y el ardor de vida que desplegaba el rotífero? ¡Qué caída la nuestra al ascender la escala!... Mis átomos estaban llenos de vida, se movían vertiginosamente, y esas bestias gigantescas están atacadas de parálisis.
¿Qué sería si el rotífero pudiera concebir al ser colectivo donde dormita un infinito, por ejemplo, la magnífica, la colosal esponja estrellada que vemos en el Museo de París? Esta, por su magnitud, está á igual nivel del rotífero que el hombre con el globo terráqueo, de nueve mil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidísimo que, lejos de verse humillado por la comparación, el átomo rebosaría de orgullo exclamando: «Soy grande.»
¡Ah!, ¡rotífero!, ¡rotífero! No conviene menospreciar nada.
Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas, ¿sabemos acaso si esa vida de cautiverio que te mueve á risa no es un progreso? Tu descompasada y vertiginosa libertad, ¿es, por ventura, el término de las cosas? Para tomar su punto de partida hacia más elevados destinos, la Naturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en el obscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempeña un papel insignificante, y enseña á dominar la inquietud individual, á concentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.
Dormita allí por algún tiempo, como la Linda de la selva durmiente; empero, sueño ó cautiverio, sortilegio ó lo que fuere, semejante estado no es la muerte. La áspera materia de la esponja vive rellena de sílice: sin moverse, sin respirar, sin órganos de circulación, sin ningún aparato de los sentidos, vive. ¿Cómo se sabe eso?
La esponja pare dos veces al año; tiene sus peculiares amoríos y con más exuberancia que otros seres. En día dado unas esferillas se desprenden de la madre esponja, armadas de débiles nadaderas que las procuran algunos instantes de animación y de libertad. Una vez fijas, conviértense en esponjitas delicadas, que irán aumentando paulatinamente en tamaño.