Cuando el ilustre padre de los átomos (es decir, su padrino), Ehrenberg, los bautizó, los patrocinó, introduciéndolos en la ciencia, fué acusado de debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia á esos pequeñuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de una organización muy elevada, llegando á tal punto su liberalidad hacia los mismos, que les concedió ciento veinte estómagos á cada uno. El mundo visible se sulfuró, y, por una reacción violenta, Dujardin los redujo á la última expresión de sencillez. Según él, esos pretendidos órganos sólo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerza de absorción, les concede el don de improvisar á cada momento, estómagos al caso, y del grandor de las partículas que quieren tragarse. Esta opinión no ha logrado cautivar á M. Pouchet, quien se inclina por la de Ehrenberg.


Lo incontestable y admirable en ellos es el vigor de sus movimientos. Varios tienen todas las apariencias de una individualidad precoz, no permaneciendo mucho tiempo avasallados á la vida comunista y polípera do se arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos pólipos. Muchos de esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir, en seres capaces de ir y correr de acá para allá solos, á su capricho, libres ciudadanos del mundo que sólo depende de ellos en lo tocante á la dirección de sus movimientos.

Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar en el mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por los infusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol que arrastra como á sus planetas cuantos seres débiles encuentra en su carrera, el curso más irregular del cometa cabelludo que atraviesa ó que dispersa mundos vagos á su paso, la graciosa ondulación de la esbelta culebra que sigue el agua ó nada en tierra, la barca oscilante que sabe virar á tiempo, decaer del rumbo para ir más lejos, en fin, el rastreo lento y circunspecto de nuestros tardígrados, que se apoyan, se agarran á cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre los imperceptibles. Mas ¡con qué maravillosa sencillez de medios! Los hay que no siendo más que un hilo, para avanzar se disparan como un tirabuzón elástico; otros se valen de su ondulante cola ó de sus pequeñas cejas vibrantes á guisa de remo y gobernalle; las preciosas vorticelas, cual jarrón de flores, se agarran juntas sobre una isla (plantecica ó cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicado pedúnculo.


Lo que aún llama más la atención que los órganos de movimiento, es lo que podríamos nombrar las expresiones, las actitudes, los signos originales del humor y del carácter. Hay seres apáticos, otros muy activos y fantásticos, otros agitados por la guerra, otros diligentes sin causa aparente y poseídos de una vana agitación. En ocasiones, á través de una masa de gentes tranquilas y pacíficas, un atolondrado, sordo y ciego, lo echa todo á rodar.

¡Prodigiosa comedia! Parece como que están ensayando entre ellos el drama que representará nuestro mundo, el noble y serio mundo de los grandes animales visibles.

A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto los majestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo del movimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.

Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos días en agua, y observad después con un microscopio. Un poderoso animal, el elefante, la ballena de los infusorios, muévese con un vigor y un garbo de vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetémoslo. Es el rey de los átomos, el rotífero, así nombrado porque en ambos lados de la cabeza lleva dos ruedas, órganos de locomoción que lo asimilarían al barco de vapor, ó tal vez armas de caza que lo ayudan á apoderarse de los más débiles.

Todos huyen, cejan ante él, y uno solo resiste, no temiendo nada, confiado en sus armas. Es éste un monstruo, empero provisto de sentidos superiores, el cual tiene dos ojazos de púrpura. Poco movible y verdadero tardígrado, en cambio ve y está armado, pues ostenta en sus sólidas patas uñas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en caso de necesidad y sin duda también para pelear.