En todo tiempo y en cualquiera nación, lo mismo entre las personas ilustradas que entre el vulgo de las gentes, se decía: «La muerte da la vida.» Suponíase en particular que la vida de los imperceptibles surgía inmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey, que fué el primero en formular la ley de generación, no se atrevió á desmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo, añadió: ó de los disueltos elementos de la vida precedente.

Esta es precisamente la teoría que acaba de renacer con tal resplandor, merced á los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de los despojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la «membrana prolífica,» de la que nacen, no nuevos seres, sino los gérmenes, los óvulos de donde podrán nacer después.

Estamos en la época de los milagros, es preciso convenir en ello; mas, éste no tiene nada de sorprendente.

En otro tiempo habríanse reído á las barbas del que hubiera pretendido que animales indóciles á las leyes establecidas, se permitan respirar por la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luz sobre este asunto. Dícese que asimismo Cuvier y Blainville habían notado que otros seres que carecen de órganos regulares de circulación, los suplían por medio de los intestinos; mas, esos grandes naturalistas encontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron á divulgarlo. Hoy ha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. de Quatrefages, etc.


Sea cual fuere la opinión que se tenga formada de su nacimiento, lo cierto es que después de nacidos nuestros átomos ofrecen un mundo infinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida están representadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre sí, opinarán que componen una armonía completa á la que muy poco hay que envidiar.

Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente un reino donde los géneros diversos han organizado una gran división del trabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros pólipos y nuestros corales, pegados aún, sufriendo las sujeciones de una vida común; tienen también pequeños moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienen peces ágiles y bullidores insectos, arrogantes crustáceos, miniatura de los futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridos átomos que se dedican á la caza de los átomos inofensivos.

Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla la pobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizópodos que con sus capitas han ayudado á la constitución de los Apeninos, sobrealzado las cordilleras; sólo los foraminíferos, esa numerosa tribu de átomos conchíferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los hay contemporáneos de todas las edades de la tierra, presentándose siempre á diversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado el universo mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo como género, y quedando cual testimonios idénticos de la vida del planeta. Al presente, la fría corriente del polo austral, que la punta de América divide entre sus dos grandes playas, envía imparcialmente cuarenta especies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, gran manufactura que los crea y organiza parece ser el cálido río del mar que se desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan, arrastrándolos muertos el gran torrente paterno con dirección á Terranova y á nuestro Océano, cuyo fondo constituyen.