Cierto día, un pescador me regaló el fondo de su red, es decir, tres seres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella, un lindo ofiuro, que todavía se agitaba y no tardó en perder sus brazos delicados. Púselos en agua de mar, y los descuidé por espacio de dos días, ocupado en otras tareas. Cuando me acordé de ellos, sólo hallé tres cadáveres. Aquello estaba desconocido: habíase renovado la escena.
Una película espesa y gelatinosa se había formado á la superficie. Tomé un átomo de ella en la punta de una aguja, y el átomo, visto al microscopio, me ofreció lo siguiente:
Un torbellino de animales, cortos y sólidos, rechonchos, ardientes (cólpodos), que se movían de acá para allá, ebrios de vida, arrebatados de haber nacido (permítaseme la expresión), celebrando su natalicio con una extraña bacanal.
En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas ó anguilas microscópicas que más bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante (se las nombra vibradores).
Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tardó en notar que en aquella escena no todo se movía. Había vibradores tiesos aún que no vibraban: habíalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres, que no se habían desprendido y aparentaban aguardar el momento de la libertad.
Entre aquella fermentación viva de seres inmóviles aún, se arrojaba, rabiaba, talaba, la desordenada traílla de los grandes rechonchos (los cólpodos), que parecía hacer pasto de ellos, regalarse, engordar y vivir allí á sus anchas.
Observaréis que ese espectáculo tenía por teatro la arena de un átomo recogido en la punta de una aguja. ¿Qué de escenas parecidas hubiese ofrecido el Océano gelatinoso que con tanta prontitud se formó sobre el fango! El tiempo había sido aprovechado maravillosamente. Los moribundos ó muertos, al escapárseles la vida habían creado todo un mundo. En cambio de tres animales perdidos, ahora era dueño de millones de ellos, y éstos ¡tan jóvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos, tan absorbentes, rabiosos por vivir!
Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquiera nos rodea y está siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hace poco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo habían entrevisto, fueron detenidos en sus primeros pasos. Mucho más tarde, en 1830, el mágico Ehrenberg lo evocó, lo reveló y clasificó, estudiando la forma de esos invisibles, su organismo, sus costumbres, y viólos absorber, digerir, navegar, cazar, combatir. Su generación le pareció obscura. ¿Cuáles son sus amores? ¿Acaso aman? En seres tan elementales ¿hace el gasto la Naturaleza de una generación complicada? ¿O bien nacen espontáneamente como tal ó cual moho vegetal? El vulgo dice: «como los hongos.»
Cuestión árida que hace sonreir y menear la cabeza á más de un sabio. ¡Se está tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haber fijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza toca obedecer. Cuando, hace cien años, se hizo observar á Reaumur que la hembra del gusano de seda podía producir sin auxilio del macho, lo negó, contestando: «La nada, nada produce.» El hecho, constantemente negado y probado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tan sólo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa, y aun para otros animales.