En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes y las cálidas corrientes que les son anejas continúan la vida animal en los sitios más desolados. Bajo la horrible devastación del polo antártico, no lejos del volcán Erebus, James Ross encontró corales vivos á mil brazas bajo el mar helado.


En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que está sembrado tenían una acción submarina mucho más poderosa que ahora. Sus fisuras, sus valles intermedios, permitieron al mucus marítimo acumularse por capas, electrizarse de las corrientes. Sin duda que allí se asió la gelatina, fijóse, se afirmó, inquietóse y fermentó con toda su vigorosa potencia.

La levadura fué el atractivo de la substancia en provecho propio. Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaron combinaciones, matrimonios iba á decir, apareciendo vidas elementales para evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron; seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquel momento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricación y la prosiguen á nuestra vista.

El mar, que á todos los sustentaba, distribuía á cada cual lo que mejor le convenía. Descomponiéndolo cada uno á su manera, en provecho propio, los unos (pólipos, madréporas, conchas) absorbieron el calizo; otros (los infusorios del trípoli, las colas de caballo rugosas, etc.) concentraron el sílice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron la sombría desnudez de las rocas vírgenes, hijas del fuego, que arrancaran del núcleo planetario lanzándolas ardientes y estériles.

Cuarzo, basaltos y pórfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibió de esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves y fecundos que extraían de la leche materna (llamo leche al mucus marítimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra. En esos medios más favorables pudo realizarse el mejoramiento, la ascensión de las especies primitivas.

Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islas volcánicas, en el fondo de sus archipiélagos, en esos meandros sinuosos, esos apacibles laberintos donde las olas sólo penetran discretamente; tibias cunas para los recién nacidos.

Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadas de los golfos índicos. Aquí, el mar fué un gran artista, pues dió á la tierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear el amor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dióle los contornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba á decir), lo que tanto place al niño, abrigo, calor y descanso.

III

El átomo.