Esas inocentes sólo quieren alimentar la animalidad. Algunas (por ejemplo las laminarias), son dulces como el azúcar; otras, tienen un amargor saludable (como el precioso ceramio purpúreo y violáceo, llamado musgo de Córcega). Todas concentran un mucílago nutritivo, especialmente varios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en la China, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todos los casos en que hoy día se prescribe el yodo, antiguamente se daban en Inglaterra confituras de fuco.
El tercer carácter que llama la atención en aquella vegetación, es su amor inmenso. Dan ganas de creer que es el género más amoroso que existe al ver sus extrañas metamorfosis de himeneo. El amor es el esfuerzo de la vida para ser más allá de su ser y poder más que su potencia. Obsérvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hasta producir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas y las algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpando un rango superior y esforzándose por trocarse en animales.
¿Dónde empezaron tales maravillas? ¿Dónde se verificaron los primeros esbozos de la animalidad? ¿Cuál debió ser el teatro primitivo de la organización?
Antiguamente, esto dió margen á grandes controversias: empero hoy día nótase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabios europeos.
Podría contestar valiéndome de infinidad de libros aceptados, autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoria premiada recientemente por la Academia de Ciencias de París y por lo tanto apoyada en su gran autoridad.
Encuéntranse seres vivientes en las aguas á una temperatura de ochenta á noventa grados de calor: y cuando el globo enfriado bajó á esa temperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua había absorbido en parte el elemento de muerte, el gas ácido carbónico. Se pudo respirar.
Al principio, los mares se asemejaron á esas porciones del Océano Pacífico cuya profundidad es escasa y que están sembradas de islotes bajos; estos islotes son antiguos volcanes, cráteres extintos. Los viajeros sólo los distinguen merced á los picos que salen de las aguas y á los trabajos practicados por los pólipos. Empero el fondo entre esos volcanes debe ser también volcánico, y durante los ensayos de la creación primitiva sería un receptáculo de vida.
Por largo tiempo la tradición popular consideró á los volcanes como guardadores de los tesoros subterráneos y que de vez en cuando desparraman el oro escondido en sus entrañas. Falsa poesía con sus puntas de verdad. Las regiones volcánicas encierran en sí los tesoros del globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las que dotaron á la tierra estéril, pues debió brotar la vida del polvo de sus lavas, de sus cenizas siempre calientes.
Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etna en las dilatadas raíces que empuja hacia el mar; conocido es también el paraíso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcánico del valle de Cachemira, y otro tanto sucede á cada paso en las islas del mar del Sur.