Arbustos extraños, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su rico abanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.
Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzan las plantas-piedra, las madréporas, cuyas ramas (¿diremos sus manos y sus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos á los de los melocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes de llegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de allá continúa la mágica ilusión.
Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinos se disputan. En sí encierran algo de animal, algo de mineral, y últimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de los vegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramente despierte del sueño de piedra, sin desprenderse aún de su rudo punto de partida, como para advertirnos, á nosotros tan soberbios y que miramos desde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuro mineral tiene á subir y animarse, y la aspiración profunda que existe en el seno de la Naturaleza.
«Nuestras praderas, nuestros bosques—dice Darwin,—parecen desiertos y vacíos si se comparan con los del mar.» Y en efecto, á cuantos han recorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado la atención la fantasmagoría que ofrece su fondo, siendo sorprendente en primer término por el extraño cambio que se opera en las plantas y los animales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantas blandas y gelatinosas, con órganos redondos que no parecen ni tallos ni hojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, diríase que quieren engañar al que las mira y hacerse pasar por seres del reino animal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenian para ser plantas y asemejarse á los vegetales, pues imitan todos los caracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad del árbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. Así, pues, la anémona marina se abre cual pálida margarita rosada, ó como áster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se ha desprendido un hilito de su corola, ó sea una nueva anémona, veisla disolverse y desaparecer.
Mucho más variable aún el proteo de las aguas, el alción, toma todo género de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta; despliégase en forma de abanico, se convierte en seto lleno de matorrales ó en graciosa cestita. Mas, todo ésto es fugitivo, efímero, de vida tan tímida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: en un instante ha vuelto todo al seno de la madre común. Hallaréis la sensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto se repliega sobre sí misma, cierra su seno como la flor sensible al fresco nocturno.
Cuando os asomáis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales, observáis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y de tubíporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadas en su laberintito y cuyos valles y colinas están indicados con los colores más vivos. Los cariófilos (ó claveles) de terciopelo verde matizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentos meneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.
Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulando cual sauces y bejucos, ó balanceándose como palmeras, las majestuosas gorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los árboles enanos del isis. De uno á otro árbol, la plumaria enreda su espiral muy parecida á las tijeretas de las viñas y los hace corresponder entre sí por medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantes reflejos.
Este espectáculo encanta, turba la imaginación: es un vértigo y como un sueño. El hada de las aguas añade á esos colores un prisma de tintas fugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, la vacilación, la duda.
¿He visto bien? No, no es eso... ¿era un ser ó un rellejo?... Sin embargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja allí y se divierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha; los cangrejos tampoco desconfían, y corren y cazan. Peces extraños, ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos, están paseando su pereza. Anélidos color de púrpura y violáceos, serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), que bajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla y desarrolla sus elegantes brazos.