En medio de esa fantasmagoría y con más gravedad, la madrépora arborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste en la forma.

Y la belleza de ese mundo está en el conjunto, en el noble aspecto de la ciudad común: el individuo es modesto, mas la república impone. Aquí tiene la fortaleza del áloe y el cactus; más allá es la cabeza del ciervo, su espléndido atalaje; á mayor distancia la extensión de las vigorosas ramas de un cedro que, después de tender horizontalmente sus brazos, se dispone á empinarse más y más.

Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que las animaban, las cubrían, tienen tal vez en su estado severo mayor atractivo para el ánimo. Por lo que á mí toca, me complazco en contemplar los árboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudas del lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por sí solos, revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede con las madréporas. En su desnudez presente, convertidas de pinturas en esculturas, más abstraídas, digámoslo así, parece que intentan revelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen. Varias de ellas, diríase que nos hablan por medio de extraños caracteres: tienen enlaces, roleos complicados que visiblemente indican algo. ¿Hay alguno que pueda interpretarlos? ¿Con qué palabras los traduciríamos á nuestro idioma?

Presiéntese perfectamente que hoy aún existe una idea allí dentro. Uno no puede desprenderse fácilmente de aquel sitio; y por más que se abandone, allí se vuelve. Deletréase, se cree comprender; luego se os escapa ese rayo de luz y os golpeáis la frente.

Los enjambres de abejas, con su fría geometría, no son, ni con mucho, tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas, aquello es la misma vida. La piedra no fué simplemente base y abrigo de dicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generación primitiva que, suprimida paulatinamente por los jóvenes de encima ha tomado tal consistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudad primitiva, están allí visibles y sorprendentes, con una verdad flagrante, cual vivo detalle de Herculanum ó Pompeya. Empero aquí todo se ha fabricado sin violencia ni la más pequeña catástrofe, por un progreso natural; la más serena paz reina en dicho sitio, que tiene un singular atractivo de dulzura.

El escultor admiraría las formas de un arte maravilloso que en un mismo asunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastarían para cambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.

Pero otra cosa hay que considerar á más de la forma. Las ricas arborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas, los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juego simbólico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, de la libertad cautiva, sus tímidos tanteos hacia la prometida luz, relámpago encantador del alma joven comprometida en la vida común; pero que, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.

Poseo dos de estos arbolillos, de especie análoga, y sin embargo distinta. No hay vegetal que pueda comparárseles. Tiene el uno inmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosa riqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jamás dice: Basta. El otro, no tan blanco pero más tupido, en cada rama encierra un mundo. Ambos son agradabilísimos por su semejanza y desemejanza, su inocencia, su fraternidad. ¡Oh! ¡quién podrá revelarme el misterio del alma infantil y encantadora que fabricó ese juguete de hadas! Vésela circular aún esa alma libre y cautiva á la vez, mas con cautiverio amoroso, y que sueña con la libertad sin quererla por entero.


Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas que tanto las hubieran auxiliado. La magnífica estatua de la Naturaleza que se eleva á la puerta del Jardín de Plantas, de París, debiera estar rodeada de tales atributos. Aquella estatua había de figurar con el cortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todos sus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, las madréporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado los fundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y sus estrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedosos cabellos habrían constituido un blando lecho viviente para abrazar cariñosamente á la divina Madre en medio de sus ensueños de eterno alumbramiento.