La pintura no ha sido más hábil que la escultura en la utilización de este asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes á las flores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos. Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Por más que se diga, sus tintas chabacanas, pálidas, no retratan ni con mucho la suavidad, la dulzura, la emoción de las flores del mar. Si se emplearan los esmaltes, lo cual ensayó Palissy, el asunto saldría rudo y glacial: admirables en la reproducción de los reptiles, de las escamas de pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernas criaturas que hasta de cutis carecen. Los pulmoncitos exteriores que presentan los anélidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan al viento ciertos pólipos, los móviles y sencillos cabellos que ondulan sobre la medusa son objetos no sólo delicados sino conmovedores. Ofrecen todos los matices, son finos y vagos, pero cálidos: es como un hálito perceptible, y nuestros ojos atónitos ven en ellos el color del arco iris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenue vida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, que se animan ó palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguéis la almita flotante, muda, y que, á pesar de todo, os revela un mundo, demostrándoos su íntimo misterio en sus palpitantes colores.
Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven y desaparecen. Aun las mismas madréporas sólo dejan su base, que diríase inorgánica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.
Las mujeres, que tienen ese sentido mucho más delicado que nosotros, no se han engañado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichos árboles, el coral, era una cosa viva. De ahí la predilección que demuestran por él. Y aunque la ciencia sostenga primero que sólo es una piedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo más.
«Señora, ¿por qué prefiere usted á todas las piedras preciosas ese árbol de un encarnado dudoso?—Caballero, dice á mi cara. El rubí hace palidecer; éste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.»
Y la señora tiene razón. Los dos objetos son parientes. En el coral, lo mismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color (Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.
«Pero señora, esas piedras brillantes son de una finura incomparable.—Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidad del cutis á la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, paréceme mi misma carne, mi propio ser.
»Señora, hay encarnados más bonitos.—Doctor, no me prive usted de éste, pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay un motivo para quererlo (y es éste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es su nombre oriental y verdadero: llámasele «Flor de sangre.»
V
Los fabricantes de mundos.