El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si se quiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables en caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente á la roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerte que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda comparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.
Es el esquino la última palabra de los seres circulares y radiantes: él representa su triunfo, su más completo desarrollo. Pocas variantes tiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan sencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina el primer mundo.
La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, su equilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todo ser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra (mejor que la unidad) la unión.
La obra maestra del esquino fué más allá del objeto propuesto: el milagro de la defensa había hecho un prisionero; no tan sólo se encerró, sino que se amortajó, abrióse una sepultura. Su perfección de aislamiento habíalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relación que inicia el progreso.
Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender mucho, hasta el embrión elemental, que al principio no tendrá más movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la tierra, describiendo su doble rueda, su rotación sobre sí mismo y su rotación general.
Y aun emancipado del huevo, creciendo, haciéndose adulto, permanecerá embrión; es su nombre, muelle ó molusco. Representará en vago bosquejo el progreso de las vidas superiores: será su feto, la larva ó ninfa, como la del insecto, en el cual, encogidos ó invisibles, se encuentran, sin embargo, los órganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.
Estoy temblando por un ser tan débil. El pólipo, aunque tan blando como él, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus partes, la herida, la mutilación, no le mataban: vivía y aun parece olvidaba la porción destruida. La vulnerabilidad del molusco centralizado es otra cosa. ¡Qué puerta se abre á la muerte!
El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones casualmente podía ser su salvación, apenas lo tiene el molusco, á lo menos al principio. Lo único que se le concede es poder con su muda, con la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de sacar de sí propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera y frágil: los que flotan la llevan transparente. A aquéllos que quieren pegarse el mucus hilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que engaña á las madréporas, quienes la toman por una isla, edifican encima, envuélvenla y acaban por asfixiarla.
Vida pasiva, vida inmóvil, no alterándola más suceso que la visita periódica del sol y de la luz, ni tiene otra acción que absorber lo que llega y secretar la gelatina que fabricó la casa y paulatinamente construirá el resto. La atracción de la luz siempre en un mismo sentido centraliza la vista: he aquí el ojo. La secreción, fija en un esfuerzo siempre uniforme, hace un apéndice, un órgano que ha poco era el cable, y más tarde conviértese en pie, masa informe, inarticulada, que puede presentarse á todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el punzón de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por último el pie de los trepadores, un pie contráctil poco á poco, que les permite arrastrarse. Algunos, se aventurarán á blandirlo como un arco para saltar torpemente.