Además, la vida tímida está llena de melancolía. No es dado creer que no sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (haliótido), con su severa reclusión. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se atreve. «¿Quién te lo impide?—Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo á que me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India, hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se me exporta á toneladas.»
No atreviéndose á salir la infortunada, ha encontrado un medio sutil para que llegue hasta ella el aire y el agua. Fabrica en su casa pequeñísimas ventanas que conducen á sus pulmoncitos. No obstante, el hambre oblígala á aventurarse: al anochecer se encarama un poco por la vecindad y pasta alguna planta, su único sustento.
Observaremos como de paso que esas maravillosas conchas, no sólo el haliótodo, sino también la viuda (blanca y negra), boca de oro (nácar dorado), son pobres herbívoras muy sobrias en el comer.—Viva refutación de los que en el día creen ser la belleza hija de la muerte, de la sangre, del asesinato, de una brutal acumulación de sustancia.
Esas conchas necesitan muy poca cosa para vivir. Su principal alimento consiste en la luz que beben, que las penetra y con la que colorean é irisan el interior de su vivienda, escondiendo asimismo el amor solitario en aquella mansión. Todas son dobles: en cada una de ellas hay amada y amante. Así como los palacios orientales sólo presentan en el exterior muros descarnados, disimulando sus maravillas internas, aquí lo de afuera es rudo y el interior deslumbra. El himeneo se produce al resplandor de un pequeño mar de nácar que, multiplicando sus espejos, da á la habitación, cerrada y todo, el encanto de un crepúsculo hechicero y misterioso.
Gran consuelo es poseer, si no el sol, á lo menos una luna propia, un paraíso de suaves matices, que, cambiando siempre sin cambiar, da á esa vida inmóvil la poca variedad que necesitan todos los seres.
Los niños empleados en las minas piden á los curiosos que las visitan, no víveres ni dinero, sino «algo con que producir la luz.» Otro tanto acontece con esos niños, nuestros aliótidos. Diariamente, aunque ciegos, sienten venir la luz, ábrense con avidez, recíbenla, contémplanla con su cuerpo transparente, y cuando ha desaparecido, la conservan y la cobijan con su amoroso pensamiento. La aguardan, la acechan, constituyendo esa espera una de sus más inefables delicias. ¿Quién es capaz de dudar que á su vuelta no sientan como nosotros el arrobamiento del despertar, y con más fuerza, distraídos como estamos por la vida, tan múltiple y variada?
Para aquellos seres, la eternidad transcurre en sentir y adivinar, en soñar y echar de menos al gran amante: el Sol. Sin verlo como nosotros, no dejan de notar que ese calor, esa gloria luminosa les viene de afuera, de un gran centro poderoso y suave. Y los pobres aman ese otro Yo, ese gran Yo que les acaricia, les ilumina de gozo, inúndales de vida. No cabe duda que si pudieran se ostentarían á la luz de sus rayos. Siquiera, pegados á su mansión, como brahman meditando á la puerta de la pagoda, ofrécenle silenciosamente... ¿qué? la felicidad que da, y ese suave movimiento hacia él.—Flor primera del culto instintivo. Amar y orar es pronunciar la palabrita que un santo preferiría á cualquiera otra oración, el «¡Oh!» con que se contenta el cielo. Cuando el indio pronúnciale al despuntar la aurora, sabe que ese mundo inocente, nácar, perlas, humildes conchas, hace coro con él desde el fondo de los mares.
Comprendo perfectamente que en presencia de la perla, el alma ignorante y encantadora de la mujer, sueñe y se conmueva sin saber por qué. Dicha perla no es ni persona ni cosa: hay en ella todo un mundo de conjeturas.