¡Qué blancura tan admirable! (candor quise decir); ¿virginal? No: mucho mejor que eso. Las vírgenes y las niñas, por dulces que sean, tienen poco más ó menos lo que podemos llamar el verdor de la juventud, mientras que el candor de nuestra perla aseméjase más bien al de la inocente desposada, tan pura, aunque sumisa al amor.
No tiene la menor ambición de brillar, suavizando, y apagando casi sus matices. A primera vista no se observa más que un blanco mate, y sólo al contemplarla de nuevo se empieza á descubrir su iris misterioso, y, como se dice, su oriente.
¿Dónde vivió? Preguntádselo al profundo Océano. ¿De qué vivió? Que responda el Sol. Vivió de luz y de amor de la luz, cual si hubiese sido un espíritu puro.
¡Gran misterio! Mas, ella misma bastante lo da á comprender. Presiéntese que tan caro ser ha vivido largo tiempo inmóvil, resignado, en la quietud que hace esperar, esperando, y nada hace ni quiere sino lo que apetece el ser amado.
El hijo del mar había puesto toda su dicha en la concha, ésta en el nácar, el nácar en su perla, que no es otra cosa que el mismo nácar concentrado.
Empero esa concentración sólo se alcanza (dícese) por medio de una herida, de un sufrimiento permanente, de un dolor cuasi eterno, que atrae, absorbe todo el ser, aniquila su vida vulgar en esa poesía divina.
He oído decir que las verdaderas damas de Oriente y del Norte, mucho más delicadas que las palurdas cubiertas de riquezas, evitaban el contacto abrasador del diamante, no permitiendo que tocara su fino cutis más que la suave perla.
Realmente, el brillo del diamante perjudica al resplandor del amor. Un collar, dos brazaletes de perlas, es la armonía de una mujer,[1] el verdadero adorno femenino, que en vez de divertir, conmueve, enternece á la ternura. Ello dice: «¡Amemos! ¡Silencio!»
La perla parece enamorada de la mujer y ésta de aquélla. Las citadas damas del Norte, cuando se las han puesto una vez ya no las abandonan, llevándolas día y noche escondidas bajo sus ropas. En ocasiones solemnes, á través de las ricas pieles forradas de raso blanco, se transparenta la joya afortunada, el inseparable collar.