Es como la túnica de seda que la odalisca viste interiormente y á la que tiene tanto apego, no dejándola hasta que está usada, rota y completamente fuera de combate, sabiendo como sabe que es un talismán, el aguijón infatigable del amor.

Otro tanto acontece con la perla: como la seda, se impregna de lo más íntimo y bebe la vida. Una fuerza desconocida transmítese á ella, la virtud de la amada. Cuando ha reposado tantas noches sobre su seno, respirando su calor; cuando ha adquirido el aroma de su piel y los blondos tintes que hacen delirar el corazón, la joya ya no es joya, sino una parte integrante de la persona que no debe contemplarla con ojos indiferentes. Sólo un ser tiene derecho á conocerla y sorprender á través de aquel collar los misterios de la mujer querida.

IX

El ladrón de los mares (pulpo, etc.)

Las medusas y los moluscos han sido, por lo general, inocentes criaturas, podríamos decir muchachos, y yo he vivido con ellos en un mundo apacible. Hasta ahora hemos visto pocos carnívoros. Aun aquéllos obligados á vivir así, sólo destruían para sus imprescindibles necesidades, y la mayor parte vivían á expensas de la vida apenas comenzada, de átomos, de jalea animal, inorgánica. Por lo tanto no se conocía el dolor; no había crueldad ni cólera en ellos. Sus almitas tan suaves, no dejaban de tener un rayo, la aspiración hacia la luz, hacia la que nos llegaba del cielo y hacia la del amor, revelada en llama cambiante que de noche es el encanto de los mares.

Ahora tengo necesidad de penetrar en un mundo mucho más sombrío: la guerra, el asesinato. Debo confesar que, desde el principio, desde la aparición de la vida, apareció la muerte violenta, depuración rápida, útil purificación, pero cruel, de cuanto languidecía, se arrastraba ó hubiera languidecido, de la creación lenta y débil, cuya fecundidad habría llenado el globo.

En los terrenos más antiguos se encuentran dos animales homicidas, el Tragón y el Chupador. El primero se nos revela por medio de la huella del trilobito, especie que se ha perdido, destructor extinto de los seres extintos también. El segundo subsiste en un resto horroroso, un pico casi de dos pies de longitud que fué el del gran chupador, sepia ó pulpo (Dujardin). A juzgar por el pico, si el monstruo guardaba proporción con él, debió tener un tronco enorme, brazos-chupones espantosos, tal vez de veinte ó treinta pies de largo, como una prodigiosa araña.

¡Cosa trágica! Esos seres de la muerte son los primeros que se hallan en el centro de la tierra. ¿Indicaría esto que la muerte haya podido preceder á la vida? No, mas los animales blandos que alimentaron á aquéllos se han evaporado sin dejar traza ni huella alguna.

¿Los comedores y los comidos eran, acaso, dos naciones de origen distinto? Lo contrario es lo más probable. Del molusco, forma indecisa, materia apta aún para todo, la fuerza superabundante del joven, su rica plétora, prodigando la alimentación, debió en un principio, desprender dos formas contrarias en la apariencia, pero que llevaban un mismo fin. Hinchó, sopló desmesuradamente el molusco en un globo, en una vejiga absorbente, que, hinchado más y más y cada vez más hambriento (aunque sin dientes al principio), chupó. Por otro lado, la misma fuerza, desarrollando el molusco en miembros articulados, que cada uno de ellos fabricó su concha, endureciendo ese ser encostrado, le dió consistencia, sobre todo en las pinzas y en las mandíbulas, para morder y triturar los objetos más duros.

En este capítulo sólo hablaremos del primero.