El chupador del mundo blando, gelatinoso, lo es él mismo. Haciendo la guerra á los moluscos, mantiénese también molusco, es decir, constantemente embrionario y ofrece el extraño aspecto, ridículo y caricaturesco, sí no fuera terrible, del embrión que va á la guerra de un feto cruel, furioso, blando, transparente pero delicado y cuyo soplo es mortal. No sólo pelea por su alimento, sino porque tiene necesidad de destruir: una vez saciado, y harto hasta reventar, todavía destruye. Aunque carece de armadura defensiva, no por eso es menos inquieto bajo su resoplido amenazador; su seguridad consiste en atacar. Todo ser se convierte para él en enemigo, lanzándole al acaso sus largos brazos, mejor dicho, sus látigos armados de ventosas. Arrójale también antes de entablar la lucha, sus efluvios paralizadores, entorpecedores, un magnetismo que hace innecesario el combate.

Su fuerza es doble. Al poder mecánico de sus brazos-ventosas que enlazan, inmovilizan, añadid la fuerza mágica de ese rayo misterioso; añadid un oído muy fino y el ojo avizor. Miedo cerval se apodera de nosotros al pensar en él.

¿Qué eran esos monstruos de corteza elástica y que tanto daba de sí cuando la riqueza desbordante del mundo primitivo, donde no debían cuidarse de buscar nada, sumidos como estaban siempre en un mar vivo de alimentos, los hinchaban indefinidamente? De entonces acá han decrecido. Sin embargo, Rang atestigua haber visto uno del tamaño de un tonel, y Perón encontró otro de iguales dimensiones en el mar del Sur, que rodaba, roncaba, entre el oleaje con grande estrépito. Sus brazos, de seis ó siete pies de longitud, se desplegaban en todas direcciones, simulando una furiosa pantomima de horribles serpientes.

Ateniéndonos á esos relatos de hombres dignos de crédito, me parece que no ha debido rechazarse con irrisión el de Dionisio de Monforte, que atestigua haber visto un enorme pulpo azotar con sus látigos eléctricos, estrujar, asfixiar á un dogo á pesar de los mordíscos con que éste se defendía, de sus esfuerzos, de sus aullidos de dolor.

El pulpo, máquina terrible, puede, lo mismo que la de vapor, cargarse, sobrecargarse de fuerza, adquiriendo entonces una potencia incalculable de elasticidad, un arranque impetuoso, hasta el punto de lanzarse sobre un buque (d'Orbigny, artículo Céphal). Con esto queda explicada la maravilla que valió el dictado de embusteros á los antiguos navegantes. Según éstos, habíanse encontrado con un pulpo gigantesco que, arrojándose sobre el combés, abrazó con sus prodigiosos brazos los mástiles y el cordaje, é hiciera presa de la embarcación devorando á cuantos la tripulaban, si éstos no hubiesen cercenado aquellos miembros á hachazos. Mutilado, volvió á caer al mar.

No faltó entre ellos quien le viera brazos de sesenta pies de largo. Otros sostenían haber divisado en los mares del Norte una isla movible de media legua de ruedo, que sería un pulpo, el espantoso kraken, el monstruo de los monstruos, capaz de envolver y tragarse una ballena de cien pies de longitud.

Esos monstruos, caso que hayan existido, habrían puesto en peligro á la Naturaleza misma, chupándose el globo. Empero, por una parte, las aves gigantes (tal vez el epiornis) pudieron hacerles la guerra, y por otra la tierra, mejor regulada, debió debilitar, deshinchar la horrenda quimera reduciendo al gigante comestible, disminuyendo la alimentación.

A Dios gracias, los pulpos de nuestros días no son tan temibles. Sus elegantes especies, tales como el argonauta, gracioso nadador en su ondulada concha, el calamar, buen navegante, la linda sepia de ojos de azur, se pasean por el Océano y sólo atacan á los seres más pequeños.

En ellos se transparenta una idea, una sombra del futuro aparato vertebral (el hueso de sepia que se concede á los pájaros), resplandeciendo su piel con vistosos colores que cambian á cada momento. Pudiera llamárseles con propiedad los camaleones del mar. La sepia tiene el exquisito perfume, el ámbar gris, que sólo se encuentra en la ballena como residuo de las innumerables sepias que absorbe. Los marsuinos hacen también gran carnicería entre ellas. Las sepias son sociables y van á bandadas, y en el mes de mayo dirígense todas á la playa para depositar unos racimos que constituyen sus huevas: allí las aguardan los marsuinos, que se regalan con aquel manjar. Estos señores son tan delicados que sólo se comen la cabeza, sus ocho brazos, trozo tierno y de fácil digestión, rechazando lo más duro del animal, la parte trasera. Toda la playa (como por ejemplo en Royan) vese cubierta de esas miserables sepias así mutiladas. Los marsuinos celebran su festín dando saltos descompasados, primero para intimidarlas y luego para cazarlas: por fin, terminada la comida, entréganse á saludables ejercicios gimnásticos.

La sepia, á pesar del aire singular que le da su pico, no deja de excitar cierto interés. Todos los matices del más variado arco-iris se suceden y desaparecen sobre su transparente piel, según los juegos de la luz y el movimiento de la respiración. Moribunda, os mira todavía con su ojo azur, descubriendo las postreras emociones de la vida por medio de fugitivos resplandores que suben del fondo á la superficie, apareciendo momentáneamente para desaparecer en seguida.