La decadencia general de esta clase, que tan enorme importancia tuvo en las primitivas edades, es menos notable entre los navegantes (sepias, etc.), y más visible en el pulpo propiamente llamado, triste habitador de nuestras costas. Este no cuenta para navegar con la firmeza de la sepia, edificada sobre un hueso interno; tampoco tiene como el argonauta, un exterior resistente, una concha que preserve los órganos más vulnerables, careciendo asimismo de la especie de vela que secunda la navegación y dispensa de remar. Barbota un poco por la orilla, ó, á lo sumo, puede comparársele al barco costeño que sigue la tierra. Su inferioridad le da hábitos de pérfida astucia, de emboscada, de tímida audacia, si vale expresarse así. Hácese el disimulado, se mantiene quieto en las hendeduras de las rocas. Cuando ha pasado la presa, al instante le lanza su latigazo. Los débiles quiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádogarras. El hombre, al sentirse golpeado de esta suerte mientras nada, no puede atemorizarse de luchar con tan despreciable enemigo: á pesar de su repugnancia, preciso es que lo agarre y (cosa muy fácil) lo vuelva del revés como un guante. Entonces se rinde y perece.

Nos sentimos contrariados, irritados de haber, siquiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádonos ante ser tan baladí.—Hácese preciso decir á ese guerrero que llega soplando, roncando, echando pestes: «Valiente de mentirijillas, nada encierras dentro de ti: eres más bien máscara que ser: sin base, sin fijeza de la personalidad hasta el presente sólo posees el orgullo. Tú roncas, máquina de vapor, tú roncas y sólo eres una bolsa y al revés, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada, globo desgarrado, y mañana una cosa sin nombre, un poco de agua de mar disipada.»

X

Crustáceos.—La guerra y la intriga.

Si, después de haber contemplado nuestra rica colección de armaduras de la Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro con que se tapujaban nuestros caballeros, nos encaminamos al Museo de Historia Natural para ver las armaduras de los crustáceos, nos causa lástima el arte del hombre. Las primeras son un carnaval de disfraces ridículos, que estorbaban y mortificaban, sirviendo sólo para ahogar á los guerreros y hacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las armas de los terribles decápodos, son de tal suerte horrorosas que, si tuvieran la altura del hombre, nadie podría mirarlas sin desvío: los más valientes se sentirían turbados, magnetizados de terror.

Allí se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible arsenal ofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza, sólidas pinzas, lanzas aceradas, mandíbulas capaces de partir el hierro, corazas erizadas de dardos, que basta que os abracen para causaros mil heridas. Es de agradecer á la Naturaleza que los ha creado de ese tamaño, pues á ser más grandes, ¿quién hubiera podido luchar con ellos? Ninguna arma de fuego traspasaría su cuerpo. A su presencia, huiría el elefante, el tigre se encaramaría á los árboles, y el rinoceronte, á pesar de lo consistente de su piel, no estaría en salvo.

Presiéntese que el agente interior, el motor de esta máquina, centralizado en su forma (casi siempre circular), sólo por aquello usó de enorme fuerza. La esbelta elegancia del hombre, su forma longitudinal, dividida en tres partes con cuatro grandes apéndices, divergentes, alejados del centro, lo convierten, por más que se diga, en un ser muy débil. En aquellas armaduras de caballeros los grandes brazos telegráficos, las pesadas piernas colgantes, causan la triste impresión de un ser descentralizado, impotente y vacilante, que un ligero choque bastaba á derribar. En el crustáceo, por el contrario, los apéndices están tan cercanos y unidos á la masa rechoncha, tupida, que el más pequeño golpe que asesta lleva el empuje de todo el cuerpo. Cuando el animal pincha, muerde ó destroza, hácelo con todo su ser, que aun al extremo de su arma conserva completa energía vital.

Tiene dos cerebros (la cabeza y el tronco); empero para tupirse, para obtener tan terrible centralización, el animal ha tomado su partido, esto es, pasarse de cuello metiendo su cabeza en el abdomen. Simplificación maravillosa. Esa cabeza une los ojos, los palpos, las pinzas y las mandíbulas. Desde el momento que su ojo penetrante ha divisado, los palpos palpan, las pinzas aprietan, las quijadas rompen, y en seguida, sin intermediario, el estómago, que en sí encierra una máquina para triturar, desmenuza y disuelve. En un momento todo ha concluido, la presa desaparece y es digerida.

En ser semejante todo es superior.