La vista es el sentido del pájaro, el olfato el del pez. El halcón lanzado en el espacio lo abarca con una sola mirada y divisa la casi invisible caza; así la raya desde las profundidades del Océano, al olor de una presa tentadora sube diligente en su busca. En ese mundo semi-obscuro, mundo de luces dudosas y engañadoras, sus habitantes fíanse en el olfato y en ocasiones al tacto. Los que, como el esturión, excavan el fango, tienen un tacto exquisito. El tiburón, la raya, el abadejo (con sus ojazos separados) ven mal, mas huelen y sienten: es tan sensible el olfato en la raya que tiene un velo exprofeso para taparlo á voluntad y anular su potencia, que indudablemente la importunaría y atacaría el cerebro.

A tal potencia media de caza añadid unos dientes admirables, acerados, á veces en forma de sierra, multiplicados en algunos de ellos en varias hileras, al extremo de solar la boca, el paladar y la garganta, y hasta la lengua está armada con ellos. Esos dientes, delicados y frágiles, tienen otros detrás dispuestos á reemplazarlos si llegan á romperse.

Lo hemos dicho al comenzar este libro segundo: el mar ha tenido que producir esos seres terribles, esos destructores omnímodos, para combatir y curar por sí mismo el extraño mal que le trabaja, su exceso de fecundidad. La Muerte, cirujano caritativo, por medio de una sangría perseverante, de abundancia inmensa, le alivia de esa plétora que le hubiese aburrido. El espantoso torrente de generación que allí se produce, el diluvio del arenque, los miles y millones de huevos del abadejo, tantas y tan horrendas máquinas de multiplicación que, decuplicando, centuplicando, llenarían los océanos, ahogarían la Naturaleza, encuentran una barrera en el rápido devoramiento de la máquina de muerte, el nadador armado, el pez.

Bello espectáculo, grande, conmovedor. El combate universal de la Muerte y del Amor no parece nada sobre la tierra cuando se le parangona con el que existe en el fondo de los mares. Allí, inconcebible en su grandeza, horroriza por su furia, empero contemplándolo más despacio vésele muy armónico y de sorprendente equilibrio. Este furor es necesario. Ese cambio de la substancia, tan rápido (¡ hasta el punto de deslumbrar!), esa prodigalidad de la muerte, es la salvación.

Nada de tristeza; una alegría salvaje reina al parecer en todo aquello. De la vida del mar, áspera mezcla de las dos fuerzas que parecen destruirse entre sí, brota una salud maravillosa, una pureza incomparable, una belleza terrible y sublime á la par: ella triunfa lo mismo de vivos que de muertos. Sin gran predilección ni por los unos ni por los otros, les presta y vuelve á tomarles la electricidad, la luz, extrayendo ese fuego de chispas y ese infinito de pálidos resplandores que, hasta bajo las noches polares, constituye su magia siniestra.

La melancolía del mar, en su indolencia no tiene por tarea multiplicar la muerte, sino que, impotente, tiende á conciliar el progreso con el exceso de movimiento.

Es cien y mil veces más rico que la tierra, más rápidamente fecundo. Edifica y fabrica. La extensión que toma la tierra (hémoslo visto en los corales), débela al mar, y sólo al mar, no siendo éste otra cosa que el globo en su obra de construcción, en su más activa concepción. Su único obstáculo consiste en esa rapidez, y su inferioridad parece ser la dificultad que tiene (él tan rico en generación) para la organización del Amor.

Caúsanos tristeza al recordar que los miles de millones de seres que habitan el mar sólo poseen el amor vago, elemental, impersonal. Esos pueblos que, cada uno á su turno, suben y van en peregrinación hacia la dicha y la luz, dan á raudales lo más sustancioso de ellos mismos, su propia vida, el desconocido azar. Aman, y sin embargo nunca conocerán al ser amado do se encarnara su ensueño, su deseo. Paren sin serles dada la felicidad de renacer que se encuentra en su posteridad.

Pocos, muy pocos, de los más vivaces, de los más aguerridos, de los más crueles, procrean á semejanza nuestra. Esos monstruos tan temibles (el tiburón y su hembra), tienen necesidad de juntarse. Hales impuesto la Naturaleza el peligro de darse un abrazo; abrazo terrible y sospechoso. Acostumbrados á devorar, á engullirse á lo ciego cuanto alcanzan (animales, madera, piedras, no importa lo que sea), en aquella ocasión, ¡cosa admirable! moderan sus apetitos. Por sabrosas que puedan ser sus carnes á sus propios ojos, híncanse sus sierras y sus mortíferos colmillos. La intrépida hembra déjase agarrar, acogotar, por los terribles arpeos que el macho le lanza; y, en efecto, sale impune de la lucha. Ella es la que absorbe al compañero y lo arrastra consigo. Confundidos en una sola masa, los furiosos monstruos van dando tumbos semanas enteras, no pudiendo, á pesar del hambre que les devora, resignarse al divorcio, ni desprenderse el uno del otro, y hasta en plena borrasca, véseles invencibles, invariables en su salvaje abrazo.

Preténdese que aun separados prosiguen sus amoríos, y que el fiel tiburón, enamorado de su compañera, la sigue hasta que pare, ama á su presunto heredero, único fruto de aquel enlace, y jamás, jamás se lo come, sino que le acompaña siempre y vigila sus pasos, y, caso de peligro, este padre excelente se lo traga y le da abrigo en su anchurosa boca, pero no lo digiere.