Si la vida de los mares tiene algún ensueño, un ahinco, un deseo confuso, es el de la fijeza. El medio violento, tiránico, del tiburón, sus acerados asideros, ese arpeo sobre la hembra, la furia de su unión, dan idea de un amor de endemoniados. En efecto, ¿quién sabe si en otras especies, más tímidas y aptas para la vida de familia, quién sabe si esa impotencia de unión, esa fluctuación interminable de un viaje eterno sin objeto, no es causa de tristeza? Esos hijos de los mares enamóranse de la tierra: muchos entre ellos remontan los ríos, aceptan la insipidez del agua dulce, tan pobre y poco nutritiva, para confiarle, lejos de las tempestades, la esperanza de su posteridad. Cuando no, se acercan á las orillas del mar, buscando algún sinuoso ancón, y utilizando su industria, con un poco de arena, de limo, de hierba, tratan de fabricar pequeños nidos. Esfuerzo conmovedor. Ellos carecen de los instrumentos del insecto, maravilla de la industria animal, y están más desprovistos que el pájaro. Sólo á fuerza de perseverancia, careciendo como carecen de manos, de patas y de pico, y únicamente con su pobre cuerpo, llegan á reunir un montón de hierba, y pasando y repasando por medio, logran darle cierta cohesión (véase á Coste sobre los espinosos). Empero ¡cuántos obstáculos tienen que vencer! La hembra, ciega y glotona, turba la obra, amenaza los huevos; el macho no los deja, defiéndelos, más madre que la madre misma.
Tal instinto encuéntrase en varias especies, particularmente entre los más humildes (el gobio), pececillo ni bello ni sabroso; tan despreciado, que nadie se digna pescarlo, ó si se agarra es rechazado. Y con todo, ese ínfimo entre los ínfimos es un tierno y laborioso padre de familia: tan pequeño, tan débil, tan desheredado, es ingenioso arquitecto, el obrero del nido, y con sola su voluntad, su ternura, consigue fabricar la protectora cuna.
Lástima grande, sin embargo, que tal esfuerzo de ánimo no obtenga mejor recompensa, que aquel ser se vea detenido en ese primer fervor del arte por la fatalidad de su naturaleza. Al contemplarlo, se apodera de nosotros nuevo ensueño, presintiendo que ese mundo acuático no se basta á sí mismo.
Poderosa madre que empezaste la vida y no puedes terminarla; permite que tu hija, la Tierra, continúe la obra comenzada. Ya lo ves: en tu mismo seno y en el momento sagrado, tus hijos sueñan con la Tierra y su fijeza; abórdanla, la rinden homenaje.
A ti te toca volver á empezar la serie de los nuevos seres por un prodigio inesperado, por un bosquejo grandioso de la cálida vida amorosa, de sangre, de leche, de ternura, que tendrá su desarrollo en las razas terrestres.
XII
La ballena.
«El pescador, á quien ha sorprendido la noche en medio del mar del Norte, ve una isla, un escollo, como la espalda de una montaña, que se cierne, enorme, sobre las olas. Allí echa el ancla, y la isla comienza á andar y le arrastra. El escollo se ha convertido en Leviatán.» (Milton).