Error muy natural, que engañó al experto Dumont d'Urville. Veía de lejos una rompiente y alrededor remolinos, y mientras avanzaba, unas manchas blancas indicaban al parecer una roca. En derredor de ese banco la golondrina y el ave de las tempestades (el petral), se divertían, recreábanse y daban vueltas. La roca sobrenadaba, venerable de antigüedad, ostentando una capa gris de corónulas, de conchas y madréporas. Pero la masa se mueve. Dos enormes chorros de agua, que parten de su frente, revelan á la ballena desperezada.


El habitante de otro planeta que descendiese al nuestro en globo, y de gran altura observase la superficie del orbe, queriendo saber si está poblado, pensaría: «Los únicos seres que me es dado descubrir desde mi observatorio son de un tamaño bastante regular: ciento á doscientos pies de largo y sus brazos sólo tienen veinticuatro, pero en cambio su soberbia cola (treinta pies) se gallardea con majestad real por el mar, le azota, se señorea de él. Merced á su cola esos seres avanzan con una rapidez, una comodidad majestuosa, reconociéndose perfectamente en ellos á los soberanos del planeta.»

Y añadiría: «Lástima que la parte sólida de ese globo esté desierta, ó sólo contenga animalillos insignificantes para poder divisarse. Unicamente el mar está habitado, y por una raza buena y apacible. La familia vese muy honrada allí: la madre amamanta con ternura, y á pesar de la cortedad de sus brazos, sin embargo, durante la borrasca, logra con ellos amparar á su hijuelo.»


Las ballenas no tienen inconveniente en viajar juntas. Antes se las veía navegando dos á dos, á veces en grandes familias de diez ó doce, por los mares solitarios. Nada tan espléndido como esas grandes masas, iluminadas en ocasiones por su fosforescencia, lanzando columnas de agua de treinta á cuarenta pies, que en los mares polares despedían humo. Se acercaban pacíficas, curiosas, al buque, mirándolo como á un hermano de nueva especie: agradábalas, festejaban al recién venido. Jugueteando se erguían y volvían á caer al agua, produciendo un poco estrépito y formando una hirviente sima. Su familiaridad llegaba al punto de tocar la embarcación, las pequeñas lanchas. ¡Confianza imprudente, que tan cara les costara! En menos de un siglo la grande especie de la ballena ha desaparecido casi.

Sus hábitos, su organismo son idénticos á los de nuestros herbívoros. Como los rumiantes, poseen una sucesión de estómagos donde se elaboran los alimentos; dientes, apenas los necesitan y no tienen. Pacen fácilmente las vivas praderas del mar, quiero decir, los gigantescos fucos, suaves y gelatinosos, las capas de infusorios, los bancos de átomos imperceptibles. No hay necesidad de cazar para la adquisición de tales alimentos. No teniendo ocasión de combatir, háselas dispensado de armarse de las horrorosas quijadas y sierras, esos instrumentos de muerte y de tortura que el tiburón y tantos otros animales débiles adquirieron á fuerza de consumar asesinatos. A nadie persiguen. (Boitard). El alimento más bien acude á su alcance, traído por el oleaje. Inocentes y pacíficas, se engullen un mundo organizado apenas y que muere antes de haber vivido, pasando dormido á ese crisol de la universal mudanza.

No existe la menor relación entre esa apacible raza de mamíferos que, lo mismo que nosotros, tienen la sangre roja y leche, y los monstruos de la edad precedente, horribles abortos del primitivo fango. Mucho más modernas las ballenas, encontraron un agua purificada, el mar libre y el globo tranquilo.

Este había soñado su antiguo sueño discordante de los lagartos-peces, los dragones alados, el pavoroso reino de los reptiles: salía de la niebla siniestra para penetrar en la amable aurora de las concepciones armónicas. Nuestros carnívoros aun no habían nacido. Hubo un momento fugaz (tal vez unos cien mil años) de gran dulzura é inocencia, en que aparecieron sobre la tierra los seres excelentes (didelfos, etc.), tan encariñados con su familia, que la llevan encima y dentro de sí mismos, y, si es preciso, hácenla penetrar en su seno. En el agua aparecieron los gigantes pacíficos.

La leche del mar, su aceite, superabundaba; su cálida grasa, animalizada, fermentaba con inaudito poderío, quería vivir. Hinchóse, pues, tomó forma orgánica en esos colosos, niños mimados de la Naturaleza, dotándolos de fuerza incomparable y de lo que vale más todavía, de preciosa y ardiente sangre roja. Y la ballena fué hecha.