En el único elemento respirable para ella, la asfixia la mata lo mismo que en el agua no respirable do vive.

Abreviemos razones. De la creación grandiosa del mamífero gigante ha salido un ser imposible, primer retoño poético de la fuerza creadora, que al principio tuvo fija la vista en lo sublime y luego por grados pasó á lo posible, á lo duradero. El admirable animal teníalo todo: tamaño y fuerza, sangre caliente, sabrosa leche, bondad; lo único que le faltaba era la manera de vivir. Había sido formado sin tener en cuenta las proporciones generales de ese globo ni la imperiosa ley de la pesadez de los cuerpos. No le valió haberse fabricado por debajo una osamenta enorme: sus gigantescas costillas no son bastante consistentes para mantener suficientemente libre y abierto el pecho. Desde el momento que se desprende de su enemiga el agua, encuéntrase con otra enemiga, la tierra, y su pesado pulmón le aplasta.

Sus magníficos orificios auriculares, la espléndida columna de agua que lanza á treinta pies de altura, son indicios, testimonios de una organización infantil y bárbara. Arrojándola al firmamento por un tan poderoso esfuerzo, el soplador soplado (éste es el nombre verdadero del género) parece decir: «¡Oh, Naturaleza! ¿por qué me has criado siervo?»


Su vida fué un problema, y no parecía que el espléndido bosquejo (pero frustrado) pudiera durar. El tan difícil amor furtivo, el amamantamiento en medio de las borrascas, entre la asfixia y el naufragio, los dos grandes actos de la vida convertidos casi en un imposible, haciéndose por medio de un esfuerzo y por voluntad heroicos: ¡qué condiciones de existencia!

La madre no tiene nunca más que un pequeñuelo, y es mucho. Ella y él son importunados por tres cosas: el trabajo de la natación, el amamantamiento y la fatal necesidad de subir. La educación es un verdadero combate. Azotado, arrollado por el Océano, el pequeñuelo mama como al vuelo, cuando la madre puede tenderse de lado, deber que practica admirablemente, pues sabe que si aquél tuviese que hacer el más pequeño esfuerzo para amamantarse, dejaría las mamas. En ese acto en que la mujer se mantiene pasiva, dejando obrar á la criatura, la ballena, por el contrario, es activa. Aprovechando el momento, por medio de un poderoso émbolo le lanza un tonel de leche.

El macho no suele abandonarla, y grande es su embarazo cuando el pescador feroz ataca al ballenato. Se clava el arpón á éste para que sigan los grandes, y, en efecto, hacen esfuerzos increíbles para salvar á su hijo, para llevárselo, subiendo y exponiéndose á ser heridos para traerlo á la superficie y hacerle respirar. Y lo defienden muerto y todo. Pudiendo zambullirse y escapar, permanecen sobre el agua desafiando el peligro para seguir el cuerpo flotante del ballenato.


Entre las ballenas son comunes los naufragios, por dos motivos. No pueden como el pez, mantenerse durante las borrascas en las capas inferiores y tranquilas; y luego no quieren separarse, siguiendo los fuertes el destino del débil. Se ahogan, pues, en familia.

En diciembre de 1723 zozobraron ocho hembras en la desembocadura del Elba, y cerca de sus cadáveres se encontraron sus ocho machos. Otro tanto aconteció en marzo de 1784 en Audierne (Bretaña). Primero se presentaron despavoridos en la costa buen número de peces y de marsuinos; luego, oyéronse extraños, espantosos mugidos: era una crecida familia de ballenas que la tempestad empujaba, y que luchaban, gemían y se resistían á morir. También en esta ocasión los machos perecieron al lado de sus hembras. En gran número, preñadas y sin defensa contra el implacable azote, unos y otras fueron lanzados á la costa y destruidos por el porrazo.