Dos de las hembras parieron en la playa, lanzando gritos desgarradores, ni más ni menos que nuestras mujeres, y con sus lamentos parecían querer indicar que se preocupaban de la suerte que cabría á sus hijuelos.
XIII
Las sirenas.
Acabo de abordar; heme aquí en tierra. Basta ya de naufragios: yo quisiera razas durables. El cetáceo desaparecerá. Resumamos nuestras concepciones, y de esa poesía gigantesca de los recién nacidos, de las mamas, la leche y la sangre caliente, conservémoslo todo menos el gigante.
Conservemos, sobre todo, la afabilidad, el amor y la ternura de la familia. Esos dones divinos debemos guardarlos cuidadosamente en las razas más humildes, pero buenas, en que los dos elementos mancomunan su espíritu.
Ya presentimos las bendiciones de la tierra: al abandonar la vida del pez, varias cosas de absoluta imposibilidad para él fácilmente se armonizarán.
Así que, la ballena, madre cariñosa, conoció el abrazo y estrechó á su hijuelo, mas no sobre sus mamas: sus brazos estaban muy arriba, y las mamas en ese navío viviente debían estar en la parte posterior, entre los seres nuevos que nadan, pero que al mismo tiempo se encaraman á la tierra (morsa, lamantín, foca, etc.), las mamas, para que no se arrastren y topen, suben hasta el pecho. De suerte que se nos presenta como una sombra de la mujer, forma y actitud graciosa que, de lejos, ilusiona.
Vista de cerca, si exceptuamos la blancura, el encanto, es exactamente la mama femenina, ese globo que, hinchado de amor y de la dulce necesidad de amamantar, reproduce con sus movimientos todos los suspiros del corazón que late debajo, reclamando á la criatura para sostenerla, alimentarla y darla descanso. Todo esto fué negado á la madre que nada; aquel bien es para lo que se posa. La fijeza de la familia, la ternura, que de día en día va echando hondas raíces (más diremos, la Sociedad), esas grandes cosas comienzan desde que el niño duerme en el seno de la madre.
Mas, ¿cómo se obró la metamorfosis del cetáceo al anfibio? Vamos á ver si acertamos á explicarlo.