¿Qué hacer? Su familia estaba hambrienta y sus hijos lloraban: su mujer embarazada tiritaba encima de la nieve. El viento del polo azotábales continuamente con un diluvio de escarcha, con ese torbellino de agudas flechas que punzan y penetran, embrutecen, haciendo perder la voz y los sentidos. Cerrado el mar, no había que pensar en la pesca; pero quedaba la foca. Y ¡cuántos peces no encierra una foca! ¡Qué riqueza de aceite acumulado! El pobre animal estaba allí, dormido, indefenso; y aun despierto, no procura huir; al contrario, consiente que se le acerquen, que le toquen. Al igual del lamantín, para que huya es preciso apalearle; y los que se pescan jóvenes, por más que los rechacéis de á bordo, siempre seguirán al buque. La misma facilidad debió turbar al hombre, hacerle titubear, combatir la tentación; pero el frío pudo más que su voluntad y cometió un asesinato. Desde aquel momento era rico y pudo vivir.
La carne de foca alimentó á aquellos hambrientos; el aceite, absorbido á raudales, calentó sus ateridos cuerpos. Los huesos empleáronse en sinnúmero de usos domésticos; con las fibras se fabricaron cuerdas y redes, y la piel sirvió para cubrir las carnes casi heladas de la mujer esquimal. Su marido usa el mismo traje, con una pequeña diferencia en el corte. Aquélla lo adorna, además, con un cintillo de cuero colocado en el borde, para agradar á su compañero y para que la quiera. Pero lo más útil de todo fué que, mañosamente, fabricaron con pieles cosidas á la ligera, á la par que resistente, máquina donde se aventura aquel hombre intrépido y á la que ha dado el nombre de barca.
Vehículo más que mezquino, largo, delgado y que tan poco pesa, está herméticamente cerrado, menos un agujero do se mete el remero, apretando el cuero á su cintura. El que lo ve, apostaría cualquier cosa que tan frágil barquilla va á zozobrar... No hay cuidado. Vuela como una flecha sobre las olas, desaparece, vuelve á aparecer entre los fuertes remolinos producidos por los hielos y en medio de aquellas flotantes montañas.
Hombre y barquilla no son más que una pieza, un pez artificial. Empero, ¡cuán inferior es á los verdaderos peces! Carece del aparejo, de la vejiga natatoria que sostiene al verdadero, haciéndole á voluntad ligero ó pesado. No tiene en su cuerpo el aceite que, más ligero que el agua, se obstina en sobrenadar y subir á la superficie. Y, sobre todo, carece de lo que da al verdadero pez vigor en sus movimientos, la viva contracción de la espina para golpear fuertemente con la cola: lo único que puede imitar el hombre, aunque muy imperfectamente, son las nadaderas. Sus remos no apretados al cuerpo, sino movidos á distancia por un prolongado brazo, son harto blandos, comparados con los del otro, y pronto se cansan. ¿Quién repara todo esto? La terrible energía del hombre, y bajo esa invariable máscara, su viva razón, que cual relámpago resuelve, inventa y halla, minuto tras minuto, un remedio á los peligros de esa flotante piel que sólo le resguarda de la muerte.
A menudo queda obstruido el paso, encontrándose el esquimal ante una barrera de hierro. Entonces, truécanse los papeles. La barca conducía al hombre, y ahora es éste el que conduce la barca; cárgala sobre sus hombros, atraviesa los crujientes hielos y pónelo á flote más lejos. En ocasiones, salen á su encuentro montañas flotantes que no ofrecen otro paso que largos corredores que se abren y cierran repentinamente; allí puede desaparecer el esquimal con su frágil esquife, quedar enterrado en vida; por momentos, dos de aquellas azuladas montañas tal vez se aproximarán aplastando á él y á su vehículo, hasta dejarlos del espesor de un cabello. Tal suerte cupo á un barco de gran porte; dividido por el medio, los dos pedazos fueron destrozados, aplanados.
Afirman los esquimales contemporáneos nuestros, que sus padres pescaron la ballena. Menos míseros en aquel tiempo, no era tan frío su país: ingeniábanse mejor, y probablemente conocían el hierro. Tal vez lo recibirían de Noruega ó de Islandia. Las ballenas abundaron siempre en los mares de la Groenlandia. Grande objeto de concupiscencia para aquellos á quienes es el aceite artículo de primera necesidad. El pez dalo gota á gota, la foca á raudales y la ballena á mares.
Un hombre mal equipado, peor armado y mugiendo el mar bajo sus pies, entre tinieblas, en medio de los hielos, fué el primero que intentó tamaña hazaña, y solo, enteramente solo, plantó cara al coloso de los mares.
El fué quien tuvo tal confianza en su fuerza y en su ánimo, en el vigor de su brazo, en la aspereza del golpe, en la pesadez del arpón: él quien creyó poder atravesar la piel y la muralla de grasa, la dura carne del animal.