CONQUISTA DEL MAR

I

El arpón.

«Al marinero que llega á la vista de Groenlandia, ningún placer le causa aquella tierra,» dice cándidamente John Ross. No lo dudo. Figuraos una costa de hierro, de aspecto asolador, donde el negro granito escarpado no protege ni siquiera á la nieve; y después, sólo se ven hielos. La vegetación es allí desconocida. Aquella tierra ingrata, que nos oculta el polo, parece un país de muerte y de hambre.

En el muy corto intervalo de tiempo que el agua no está helada, la vida sería posible en aquellos parajes, pero el hielo dura nueve meses en el año. Y durante este tiempo, ¿qué hacer?; y los alimentos, ¿dónde hallarlos? No hay que pensar en buscar. La noche dura varios meses, y en ocasiones es tal su obscuridad, que Kane, rodeado de sus perros, sólo los divisaba merced á la humedad del aliento. En tan dilatadas, muy dilatadas tinieblas, sobre esa tierra desolada, estéril, vestida de hielos impenetrables, erran, no obstante, dos solitarios que se obstinan en vivir allí, en medio de los horrores de un mundo imposible. Es uno de ellos el oso pescador, desabrido, vagabundo bajo su valiosa piel y su gordura, que le permite ayunar á intervalos. El otro, de aspecto singular, á cierta distancia parece un pez sentado sobre su cola, pez mal conformado y desmañado, con largas nadaderas colgantes. Este semi-pez es el hombre. Ambos se ventean y se buscan: los dos están hambrientos. Con todo, el oso á veces huye, rehusa el combate, creyendo á su contrario más feroz y más hambriento que él.

El hombre con hambre es terrible. Sin otra arma que una espina de pez, persigue al enorme animal; empero hubiera perecido cien veces á no tener otro alimento que ese compañero terrible. El poder vivir le costó un crimen. No produciendo nada la tierra, buscó hacia el mar, y como éste estaba cerrado, no tuvo más remedio que sacrificar á su amiga la foca; en ella encontraba concentrada la grasa del mar, el aceite, sin el cual muriérase de frío antes que de hambre.

El groenlandés no sueña más que en ir á habitar la luna al término de su carrera, donde hallará leña á discreción, fuego, en fin, la luz del hogar. En nuestro planeta, el aceite la reemplaza, pues bebiéndolo copiosamente calienta su cuerpo.

Gran contraste entre el hombre y los anfibios soñolientos, que aun en dicho clima saben vivir sin padecer mucho. Bastante lo indican los tiernos ojos de la foca. Nodriza del mar, de continuo está en relación con él, y sabe aprovechar todas las ocasiones para aprovisionarse. Aunque generalmente se la cree muy pesada, se encarama con maña sobre un témpano de hielo y hácese conducir de un lado á otro. El agua cubierta de moluscos, de átomos animados, alimenta superabundantemente á los peces, que á su vez sirven de pasto á las focas, las cuales, bien repletas, duermen sobre su roca muy tranquilas, y con sueño tan pesado, que nada es capaz de interrumpir.

La vida del hombre es enteramente distinta. Parece colocado allí contra la voluntad de Dios, maldito, y todo conspira contra él. En las fotografías que tenemos de los esquimales, léese su destino terrible en la fijeza de la mirada, en sus ojos ceñudos y negros como la noche. Parecen como petrificados por una visión, por el habitual espectáculo de un infinito lúgubre.

Aquella naturaleza de terror eterno ha ocultado con una máscara de bronce su elevada inteligencia, rápida, no obstante, y con mil expedientes en medio de una existencia de peligros imprevistos.