El hombre fué, no su hijo, sino su hermano, un hermano cruelmente enemigo suyo.
Helo aquí, el fuerte entre los fuertes, el ingenioso, el activo, el cruel rey del mundo. Mi libro se ilumina; mas, en cambio, ¿qué va á enseñarnos? ¡Cuántas cosas tristes he de traer á los resplandores de esa luz!
Ese creador, ese dios tirano, ha tenido el talento de fabricar una segunda Naturaleza en la Naturaleza misma. ¿Y qué hizo de la otra, la primitiva, madre y nodriza á la vez? Con los dientes que le diera, mordió su seno.
Tantos y tantos animales que vivían tranquilamente, se humanizaban y bosquejaban las artes; hoy día azorados, embrutecidos, hanse convertido en bestias. Los monos, reyes de Ceilán, cuya discreción tanta celebridad adquiriera en la India, son ahora unos salvajes horrorosos, ni más ni menos; el brahma de la Creación, el elefante, perseguido, esclavizado, queda reducido á una bestia de carga.
Los más libres entre los seres, en otro tiempo alegría del mar, las tiernas focas y las inofensivas ballenas, pacífico orgullo del Océano, huyeron á los mares polares, al temible mundo de los hielos. Empero no todos pueden sobrellevar tan ruda existencia, y no transcurrirán muchos años sin que desaparezcan por completo.
Una raza desgraciada, la de los campesinos polacos, ha visto brotar de su corazón el sentido, la inteligencia del desterrado mudo, refugiado en los lagos de la Lituania, habiendo pasado á ser proverbial entre ellos que «la persona que hace llorar al castor nunca será afortunada.»
El artista ha quedado relegado al rango de una bestia tímida que ni sabe ni puede nada. Los que habitan todavía la América, retrocediendo y huyendo siempre, no tienen ánimo para ninguna empresa. No ha mucho que un viajero encontró uno de esos animalillos que, tierra adentro, muy adentro, hacia los altos lagos, emprendía de nuevo, si bien con timidez, su oficio, quería fabricar el hogar de la familia, cortaba madera. Al divisar al hombre dejó escapar la madera, y ni siquiera tuvo ánimo para huir: sólo supo llorar.