Hase dicho con harta ligereza que aquellas extrañas figuras no eran otra cosa que focas. Mas, ¿cabe engaño en ello? Todas las especies de focas que existen son conocidas desde mucho tiempo atrás. En el siglo VII, en vida de San Columbano, ya se pescaba y se comía su carne.
Los hombres y mujeres de mar de que se hace referencia en el siglo XVI, fueron vistos no sólo rápidamente en medio del líquido elemento, sino que se les trajo á tierra, se les paseó por ella, y vivieron en grandes centros de población tales como Amberes y Amsterdam, en los palacios de Carlos V y Felipe II, y por lo tanto estuvieron bajo las miradas de Vesale y de los primeros sabios de aquella época. Se hace mención de una mujer marina que vivió luengos años en hábito religioso en un convento donde á todos era dado verla. No hablaba, pero sí se entretenía en hilar y en otros quehaceres. Con todo, el agua la atraía y empleaba toda su inteligencia para volver á su querido elemento.
Diráse: Si realmente han existido esos seres, ¿por qué fueron tan raros? ¡Ay! La respuesta nos viene á la mano. Eran raros porque se acostumbraba á matarlos.
Teníase por pecado dejarles la vida, «pues estaban clasificados entre los monstruos». Así se expresan las antiguas narraciones.
Todo cuanto se alejaba de las formas conocidas de la animalidad, y cuanto por el contrario se aproximaba á las del hombre, era reputado monstruo y se le daba pasaporte para el otro mundo. La madre, asaz desgraciada para dar á luz un hijo disforme, no podía librarlo: ahogábasele entre los colchones de la cama, suponiéndose ser hijo del diablo, una invención de su malicia para ultrajar á la Creación y calumniar á Dios. Por otra parte, á esos sirenos, demasiado análogos con el hombre, teníaselos con más razón por una ilusión diabólica, y tal era la abominación que causaban en la Edad Media, que su aparición señalábase cual un espantoso prodigio que Dios, en su justa cólera, permite para aterrorizar al pecado. Apenas nadie se atrevía á citarlos, apresurándose á hacerlos desaparecer. El siglo XVI, más atrevido, creíalos todavía «diablos disfrazados de hombre,» indignos de ser tocados más que con el arpón. Cada día se hacían más raros, cuando á algunos descreídos pasóles por la imaginación especular con ellos conservándolos y enseñándolos.
¿Nos ha quedado siquiera algún resto, alguna osamenta de ellos? Sabrémoslo cuando los museos de Europa comiencen á exponer todos sus inmensos depósitos. Falta espacio, no lo ignoro, y nunca habrá bastante, si para ello se requieren palacios. Empero el más sencillo abrigo, un vasto cobertizo (y nada costoso), permitiría poner á la vista de todo el mundo objetos tan sólidos como los de que aquí se trata. Hasta ahora sólo nos ha sido dado contemplar algunas muestras y ciertas piezas escogidas.
Añadamos que la exposición de los anfibios henchidos de paja, para ser verdadera debe presentar esos monstruos tan idénticos al hombre, de lado y en las posturas en que la ilusión sea más completa. Concededles esa honra, que bien merecida la tienen. Que la madre Foca á la madre Lamantina se ofrezca á mi vista sobre su roca cual sirena, en el primitivo uso de la mano y de las mamas, con su pequeñuelo sobre su seno.
¿Es decir que esos seres hubieran podido ascender hasta nosotros? ¿Acaso fueron los autores los ascendientes del hombre? Así lo supuso Mallet. Por lo que á mí toca, no lo creo verosímil.
No cabe duda que en el mar tuvo principio todo lo creado, empero no es de los animales marinos superiores que salió la serie paralela en las formas terrestres cuyo remate es el hombre. Estaban ya demasiado fijados, eran harto especiales para dar el blando bosquejo de una naturaleza tan distinta; pues habían llevado muy lejos, agotado casi la fecundidad de sus géneros. En tal caso, los primogénitos perecen; y sólo muy abajo, entre los obscuros segundones de alguna clase pariente, surge la nueva serie que ascenderá más arriba. (Véanse las notas al final del tomo.)