La travesía del Océano, cosa tan celebrada en el siglo xv, habíase llevado á cabo á menudo por el estrecho paso de Islandia á Groenlandia, y aun mar adentro, pues los vascos llegaban hasta Terranova. La travesía era lo de menos para gentes que iban á buscar al otro extremo del mundo ese supremo peligro: la lucha con la ballena. Dirigirse á los mares del Norte, combatir cuerpo á cuerpo con la montaña viviente, en medio de la obscuridad de la noche, y, lo que es más aún, exponiéndose á naufragar con ella; los que esto practicaban tenían el alma asaz bien templada para mirar con indiferencia los peligros anejos á una larga navegación.

Guerra noble, grande escuela de valientes. Aquella pesca no era como ahora una fácil carnicería emprendida prudentemente á lo lejos por medio de una máquina: heríase al monstruo con la mano, arriesgábase la vida á cada paso. Verdad es que era escasa la matanza de ballenas, pero el hombre ejercitábase en la marinería, en actos de paciencia, de sagacidad, de intrepidez. Los balleneros traían de sus excursiones menor cantidad de aceite y mayor dosis de gloria.

Cada nación demostraba en aquella lucha su genio peculiar. Reconocíase á los pescadores en el modo de portarse. Hay mil formas de valentía, y sus variedades graduadas eran como una escala heroica. En el Norte los escandinavos, las razas rojas (desde Noruega á Flandes), con su furor sanguíneo; en el Mediodía, la intrepidez vasca y la locura lúcida que tan bien supo guiarse alrededor del mundo; en el centro, la firmeza bretona, muda y paciente, pero de una excentricidad sublime en el momento del peligro; finalmente, la discreción normanda, armada de la asociación y de la mayor previsión, valor calculado, desafiándolo todo, se entiende cuando está segura del éxito. Tal era la belleza del hombre en esa manifestación soberana.


Mucho tenemos que agradecer á la ballena: sin ella, los pescadores no se habrían movido de las costas, pues apenas hay pez que no sea ribereño. Ella los emancipó, llevándolos á todas partes. Arrastrados, fascinados por el monstruo, se engolfaron en el Océano y, de etapa en etapa, detrás de él siempre, encontráronse haber pasado del uno al otro mundo.

Entonces, los hielos no eran tan compactos, y aseguran haber llegado al polo (esto es, distaban de él siete leguas). La Groenlandia no les sedujo: ellos no iban en busca de tierras, sino del mar y de los parajes frecuentados por la ballena. Todo el Océano la sirve de refugio, paseándose por él, especialmente en alta mar. Cada especie da la preferencia á cierta latitud, á una zona de aguas más ó menos fría. He aquí lo que trazó las grandes divisiones del Atlántico. La muchedumbre de ballenas inferiores que tienen una nadadera sobre el lomo (ballenópteros) se encuentran en los puntos más cálidos y fríos (la Línea y los mares polares).

En la gran región intermedia, el feroz cachalote se inclina al Sur, devastando las aguas tibias. La ballena franca, al contrario, las teme, mejor dicho, las temía (¡es tan rara al presente!). Sustentada ante todo de moluscos y de otras existencias elementales, búscalas en las aguas templadas, un poco al Norte. Jamás se la veía surcar las cálidas corrientes del Mediodía, lo cual dió margen á que se observara la corriente, y trajo el descubrimiento esencial de la verdadera ruta de América á Europa. De Europa á América, uno es llevado por los vientos alisios.

Si la ballena franca abomina las aguas calientes y no puede pasar el Ecuador, tampoco le será dado dar la vuelta á la América. ¿Cómo es, pues, que una ballena herida en este lado del Atlántico es vista á veces en el otro, entre la América y el Asia? Porque existe un paso al Norte. Segundo descubrimiento. Vivo resplandor esparcido tocante á la forma del globo y la geografía de los mares.

Por grados la ballena hanos conducido á todas partes. Muy rara al presente, nos obliga á revolver los dos polos, el último rincón del Pacífico en el estrecho de Behring, y el infinito de las aguas antárticas. Existe una región inmensa que ninguna embarcación, ni de guerra ni mercante, ha atravesado todavía, algunos grados más allá de las puntas de América y de Africa. Nadie la huella sino los balleneros.