A haberse querido, los grandes descubrimientos del siglo XV se verificaran mucho antes. Bastaba ponerse en contacto con los vagabundos del mar, los vascos, los islandeses ó noruegos, y nuestros normandos. Mas, por motivos distintos, se desconfiaba de ellos. Los portugueses sólo admitían en su servicio á hombres de su nación y de sus escuelas que ellos mismos formaran; temían á nuestros normandos, á quienes expulsaban y desposeían de la costa de Africa. Por otro lado, los Reyes de Castilla tuvieron siempre por gentes sospechosas á sus súbditos los vascos, quienes merced á sus privilegios constituían una especie de república, y además pasaban por hombres peligrosos, indomables. Esto fué causa de que se malograra más de una empresa de las ideadas por aquellos Príncipes. Bastará citar una sola, la de la armada Invencible. Había al servicio de Felipe II dos ancianos almirantes vascongados, pero el soberano español quiso dar el mando de la Invencible á un castellano. Sucedió lo que habían predicho los dos marinos vascos: la escuadra se fué á pique.


Una enfermedad terrible acababa de estallar en el siglo xv: el hambre, la sed del oro, la necesidad absoluta de poseer este metal. Pueblos y reyes, todos deliraban por obtenerlo. Ya no era posible equilibrar los gastos con los ingresos. Moneda falsa ó de baja ley, crueles pleitos y guerras atroces, todo se ensayaba, mas el oro no venía. Los alquimistas prometían hacerlo, pronto, muy pronto, pero era preciso esperar. El fisco, cual furioso león hambriento, devoraba judíos, devoraba moros, y de tan rico manjar no quedaban ni los huesos.

Otro tanto acontecía con el pueblo. Flaco y roído hasta los tuétanos, pedía un milagro que hiciera llover oro.

Todo el mundo ha leído la magnífica historia de Sindbad (Mil y una noches), y se recordará cómo empieza, historia eterna que todos los días se renueva. El pobre obrero Hindbad, las espaldas cargadas de leña, oye desde la calle la música y algazara que hay en el palacio del rico viajero Sindbad, y haciendo comparaciones asáltale el demonio de la envidia; pero Sindbad le cuenta cuánto ha sufrido para obtener aquel oro que tanto le deslumbra. Hindbad queda asustado de la narración. El efecto que produce el cuento es exagerar los peligros y al propio tiempo los beneficios de la gran lotería de los viajes, desanimando de paso el trabajo sedentario.

La leyenda que en el siglo XV tenía trastornadas las cabezas de grandes y pequeños, de pobres y ricos, era una reminiscencia de la fábula de las Hespérides, un Eldorado, tierra del oro, colocada en las Indias y que se sospechaba ser el paraíso terrenal, subsistente en este mundo de pesares. Sólo faltaba encontrarlo. Nadie se cuidaba de buscarlo al Norte, y he aquí por qué se hizo tan poco caso del descubrimiento de Terranova y de la Groenlandia. Al Mediodía, por el contrario, habíase encontrado (en Africa) cierta cantidad de oro en polvo. No se necesitaba más para cobrar ánimo.

Los soñadores y los eruditos de un siglo pedantesco amontonaban y comentaban los textos; y el descubrimiento, harto fácil en sí, se dificultaba á fuerza de lecturas, de reflexiones, de quiméricas utopías. ¿Era ó no era el paraíso esa tierra del oro? ¿Estaba situada en los antípodas? ¿Existían acaso dichos antípodas?... Al oir eso los doctores, los hombres de sotana, reprendían á los sabios, recordándoles que sobre el particular la doctrina de la Iglesia era formal, habiendo sido condenada expresamente la herejía de los antípodas.

¡Grave dificultad! Nadie se atrevía á pasar adelante.

¿Por qué la América, conocida ya, era tan difícil de descubrir? Porque se quería y se temía á la vez encontrarla.