El acto más brillante, el más fácil, había sido la travesía del Atlántico, al impulso de los vientos alisios, el encuentro de la América, descubierta de tiempo atrás al Norte.

Los portugueses llevaron á cabo una empresa menos extraordinaria que ésta, empleando un siglo en el descubrimiento de la costa occidental de Africa. Nuestros normandos, en poco tiempo habían encontrado la mitad de ella. A pesar de cuanto se ha dicho de la escuela de Lisboa y de la loable perseverancia del príncipe Enrique su fundador, el veneciano Cadamosto da testimonio en su relación de la escasa habilidad de los pilotos portugueses. Cuando tuvieron entre ellos uno verdaderamente intrépido y hombre de genio, Bartolomé Díaz, que dobló el Cabo, reemplazáronlo con Gama, gran señor de la casa real y afamado guerrero. Preocupábanse más los portugueses de las conquistas y de los tesoros que con ellas pudiesen ganar que de los descubrimientos propiamente dichos. Gama fué un modelo de valientes, empero tomó harto al pie de la letra las órdenes que llevaba de no sufrir á nadie en los mismos mares que él recorría. Habiendo pasado bárbaramente á cuchillo una nave cargada de peregrinos que venía de la Meca, levantóse un clamor general contra los de su nación y aumentó en todo el Oriente el horror que inspiraba el nombre cristiano, cerrándose con tal acto más y más las puertas del Asia.


¿Es cierto que Magallanes había visto el mar Pacífico señalado en un globo por el alemán Behaim? No, ese globo no lo conoce nadie. ¿Habría visto en casa de su amo, el Rey de Portugal, algún mapa que lo indicara? Así se ha dicho, pero nadie lo ha probado. Más probable es que los aventureros que hacía cosa de veinte años recorrían el continente americano, hubieran visto, pero visto con sus propios ojos, el mar Pacífico. Ese rumor que circulaba acordábase muy bien con la idea que daba el cálculo de tal contrapeso, necesario al hemisferio que habitamos y al equilibrio del globo.

No hay existencia más azarosa que la de Magallanes. Constitúyenla combates, viajes á lejanas tierras, huídas y litigios, naufragios, asesinato frustrado, y finalmente, pérdida de la vida en manos de los salvajes. Bátese en Africa; bátese en las Indias; se casa entre los malayos, tan bravos y feroces, y él mismo parece haber sido uno de tantos.

Durante su larga permanencia en Asia recoge todos los informes, prepara su grande expedición, su tentativa de encaminarse por la América á las islas de las especias, las Molucas. Comprándolas en la misma fuente, naturalmente que serían más baratas que sacándolas como hasta entonces del occidente de la India. De manera que en su origen la empresa fué completamente mercantil... (Véase á Navarrete, F. Denis, Charton). Una baja sobre la pimienta fué la inspiración primitiva del viaje más heroico que se ha hecho en nuestro planeta.

Por aquellos tiempos, el espíritu cortesano, la intriga, teníanlo dominado todo en Portugal. Agraviado Magallanes, pasó á España, y el magnánimo Carlos V le dió cinco naves, si bien no osó fiarse enteramente de un tránsfuga portugués, y por lo tanto impúsole un socio castellano. Magallanes partió entre dos peligros: la malevolencia castellana y la venganza de sus compatricios, que querían asesinarle. La tripulación no tardó en amotinarse, desplegando nuestro héroe con tal motivo un terrible heroísmo, indomable, bárbaro. Hizo poner grillos á su compañero, proclamándose jefe único, al paso que los recalcitrantes eran apuñaleados, degollados, desollados vivos.—Y en medio de todo eso sonó la voz de «¡naufragio!» y se perdieron algunos barcos.—Nadie quería seguirle, cuando los navegantes contemplaron atemorizados el aspecto aterrador de la punta de América, la desolada Tierra del Fuego, y el fúnebre cabo Forward. Esa comarca, arrancada del Continente por violentas convulsiones, por la furiosa ebullición de mil volcanes, aseméjase á una tormenta de granito. Hinchada, resquebrajada por un enfriamiento repentino, su aspecto es horroroso. Vense no más que agudos picos, campanarios excéntricos, espantosas y negras mamilas, dientes atroces de tres puntas, y toda esa masa de lava, de basalto, de fundiciones de fuego, está coronada de lúgubre nieve.

Las tripulaciones estaban aburridísimas, pero Magallanes dijo: ¡Adelante! y buscó, dió vueltas, desenmarañóse en medio de cien islas, penetró en un mar sin límites, aquel día pacífico, cuya denominación ha conservado.

El intrépido navegante encontró su tumba en las Filipinas. Había perdido cuatro buques, y el único que quedaba la Victoria, sólo tenía trece hombres, pero contábase entre ellos el gran piloto, el intrépido é invulnerable vasco Sebastián de Elcano, que regresó solo de su expedición (1521), habiendo sido el primer mortal que diera la vuelta al mundo.

Ninguna empresa había más grande que aquélla. Desde ese día, el globo estaba seguro de su esfericidad. La maravilla física del agua tendida uniformemente sobre una bola á la que se adhiere sin desviarse, ese milagro, acababa de ser demostrado. Por fin era conocido el mar Pacífico, el grande y misterioso laboratorio donde, lejos de nuestras miradas, la Naturaleza trabaja profundamente la vida, elaborándonos nuevos mundos, nuevos continentes.