Un gran siglo, siglo Titán, el diecinueve, ha logrado observar fríamente esos objetos. Es el primero que osara mirar frente á frente la tempestad, anotar su furia, escribir, digámoslo así, bajo su dictado. Sus presagios, sus caracteres, sus resultados, todo hase registrado. Luego vino la explicación y vulgarización, surgiendo un sistema á que se aplicó un título atrevido y que en otro tiempo hubiérase tenido por una impiedad: La ley de las tempestades.

De suerte que lo que se creyera un capricho había de llegar á convertirse en ley. Esos hechos terribles, tomando ciertas formas regulares, perderían en gran parte su potencia de desvarío. Tranquilo y fuerte el hombre, en medio del peligro imaginaríase si acaso no pueden oponérsele medios de defensa regulares también. En una palabra, si la tempestad llegase á constituir una ciencia, ¿no podría crearse un arte de salvación? ¿Un arte para evitar los huracanes, y aun aprovecharse de ellos?


Esa ciencia no pudo iniciarse mientras se estuvo aferrado á las ideas antiguas que atribuían las borrascas «al capricho de los vientos.» Una observación atenta dejó probado que los vientos carecen de caprichos, que son el accidente, á veces el agente de la borrasca, y ésta, por lo general, un fenómeno eléctrico que á menudo se pasa de ellos.

El hermano del convencionalista Romme (principal autor del calendario) sentó las primeras bases. Habían notado los ingleses que, en las borrascas de la India navegaban largo tiempo sin adelantar un paso, encontrándose después de ellas en el mismo sitio donde les habían cogido. Romme reunió todas las observaciones, demostrando que otro tanto sucedía durante las tempestades de la China, del Africa y del mar de las Antillas, y fué el primero en notar que los ventarrones rectilíneos son más raros, que generalmente toda borrasca tiene el carácter circular, que es un torbellino.

La tempestad arremolinada de los Estados Unidos en 1815, la de 1821 (este año hubo una gran erupción del Hecla), en que los vientos soplaban de todos los puntos hacia el centro, despertaron la atención de la América y de la Europa. Brande en Alemania, al mismo tiempo que Redfield en Nueva York siguieron las huellas de Romme, estableciendo la ley siguiente: que en general era la tempestad un torbellino progresivo que avanza dando vueltas sobre sí mismo...

En 1838, el ingeniero inglés Reid, que de orden superior pasó á la Barbada después de la célebre tormenta que causó mil quinientas víctimas, determinó el doble movimiento de rotación. Empero su gran descubrimiento consiste en haber observado, formulado: Que en nuestro hemisferio boreal la tempestad va de derecha á izquierda, es decir, parte del Este, va al Norte, da la vuelta al Oeste y al Sur, para volver al Este. En el hemisferio austral la tempestad va de izquierda á derecha.

Observación de grandísima utilidad práctica que guía en adelante la maniobra.

De suerte que Reid estuvo muy exacto dando á su libro el pomposo título: De la ley de las tempestades.