Era la ley de su movimiento, no la explicación de su causa: no indicaba con esto lo que las produce y lo que son en sí.

Luego, reaparece la Francia. Peltier (Causas de las trombas, 1840) estableció por medio de innumerables hechos y con sus ingeniosos experimentos, que las trombas de tierra y de mar son fenómenos eléctricos, en que los vientos sólo desempeñan un papel secundario. Hace cien años que Beccaria había sospechado lo mismo. Empero estaba reservado á Peltier penetrar el asunto reproduciéndolo, hacer trombas en miniatura y tempestades de entretenimiento.

Las trombas eléctricas nacen desde luego cerca de los volcanes, en los respiraderos del mundo subterráneo, siendo más comunes en los mares asiáticos que en los nuestros.

El Atlántico, abierto en ambas extremidades y recorrido á lo largo por los vientos, está menos sujeto á trombas, pero en cambio se sienten en él con más frecuencia los ventarrones rectilíneos. Con todo, Piddington cita un sinnúmero de circulares habidos en ese mar.

Durante los años 1840 á 1850 hiciéronse en Calcuta y Nueva York las inmensas compilaciones de Piddington y de Maury. Este último ha adquirido un nombre muy ilustre gracias á sus mapas, sus Direcciones y su Geografía del mar, evangelio de la Marina en nuestros tiempos. Piddington, menos artista, pero tan sabio como el norteamericano, en su Guía del marino, enciclopedia de las tempestades, da los resultados de una ilimitada experiencia, los medios minuciosos de calcular la proximidad ó distancia del ciclone ó torbellino, de fijar su rapidez, de apreciar la curva que describen los vientos, la naturaleza de las distintas olas. Este sabio ha corroborado los juicios de Peltier, adoptado la causa eléctrica, y refutado las explicaciones que se buscaban en los vientos tomando el efecto por la causa.


El antiguo arte de los augurios, la ciencia de los vaticinios, que no deben despreciarse, vuelve á ponerse sobre el tapete en ese libro excelente.

La puesta del sol no debe mirarse con indiferencia: si es rojo, si las olas del mar reflejan un color de sangre, el otro Océano (la atmósfera), nos prepara una borrasca. Un anillo alrededor del astro diurno, un resplandor rojizo en medio de un círculo pálido, estrellas cambiantes y que parecen que caen, son indicios de un trabajo amenazador en la región superior.

Peor señal es cuando veis, á través de una atmósfera nada limpia, correr cual flechas, nubecillas de un color purpurino obscuro; si masas compactas empiezan á figurar extraños edificios, arco-iris destrozados, puentes ruinosos y otros mil caprichos. Entonces estad seguros de que el drama ya ha dado principio arriba. La calma es completa, mas, en el horizonte, aparecen pálidos relámpagos; á pesar del silencio que reina, óyese por momentos un ruido sordo que parece se detiene. El mar se estrella contra la playa gimiendo y suspirando, y á veces, de su fondo, se escapa un sordo rumor... Prestad atención á esto: es la llamada del mar. (Locución inglesa).

Esto basta para poner en guardia al pájaro. Si no está distante de la costa vésele (cuervo marino, goelandio ó gaviota) regresar á la tierra con la mayor rapidez posible, guareciéndose en alguna roca. En alta mar, cualquiera embarcación les sirve de isla y de punto de descanso. Dan vueltas en derredor, y á veces solicitan la hospitalidad con la mayor franqueza, posándose momentáneamente sobre los mástiles. No tardaréis en divisar el sombrío petral, ave de vuelo siniestro, el cual tan hábilmente sabe poner en peligro la embarcación, colocándose entre ésta y el huracán.