Alegraos si truena; la descarga eléctrica hácese arriba. Tanto de ganado á la tempestad. Observación remota y confirmada científicamente por Peltier y por la experiencia de Piddington y de tantos otros.
Si la electricidad acumulada arriba, baja silenciosa, si no llueve, la descarga haráse abajo, creando corrientes circulares. Por lo tanto habrá tromba y huracán.
A veces la tromba os coge en la rada. En 1698, hallándose el capitán Langford en el puerto, y bien anclado, vió llegar la tromba y al momento se hizo á la vela, poniéndose bajo el amparo del mar. Las otras naves se quedaron creyendo obrar más prudentemente y fueron destrozadas.
En Madrás y en la Barbada hácense señales para avisar á los buques fondeados. En el Canadá, el telégrafo eléctrico, mucho más rápido que la electricidad celeste, hace circular de puerto en puerto el aviso de la tempestad que se prepara á recorrerlos todos.
El gran consejero para el marino que se encuentra en alta mar, es el barómetro. Su perfecta sensibilidad revela los grados exactos del peso con que le oprime la tempestad. Mudo al principio, diríase que duerme; mas, ha recibido un tenue golpe, golpe de batuta que señala el preludio: hele aquí inquieto. Contesta, vibra, oscila; se repliega, baja. La atmósfera elástica, bajo los cargados vapores, pesa; y luego, repentinamente, rebota y sube. El barómetro tiene su borrasca peculiar. Pálidos resplandores se desprenden, en ocasiones, del mercurio, llenando el tubo (Perón hizo esta observación en la isla de Mauricio). En las ráfagas parece como que respira. «El barómetro de agua, en sus fluctuaciones (dicen Daniel y Barlow), tenía el aliento, el resoplido de un animal salvaje.»
Y el ciclone avanza, en ocasiones, desembozadamente, engalanándose en su vasta densidad con todas sus luces eléctricas. Hay momentos en que se anuncia por medio de chorros, de bolas de fuego. En el gran huracán acaecido en las Antillas en el año 1772, en que el mar subió setenta pies, en medio de la obscuridad de la noche, los cerros de la costa viéronse alumbrados por globos inflamados.
Su aproximación es más ó menos rápida. En el Océano Indico, sembrado de islas y de todo género de obstáculos, con frecuencia la tromba sólo recorre dos millas por hora, al paso que en la cálida corriente procedente de las Antillas, su velocidad es de cuarenta y tres millas. Su fuerza de traslación sería incalculable á no tener una oscilación debida á los vientos de adentro y de afuera.
Lenta ó rápida, su fuerza es siempre la misma. Bastó un instante y una sola ola, en 1789, para destrozar todas las embarcaciones abrigadas en el puerto de Coringa y lanzarlas á los llanos; la segunda ola inundó la población, y á la tercera, todos los edificios quedaron convertidos en un montón de ruinas, pereciendo veinte mil personas. En 1822, al contrario, en las bocas del Bengala, vióse á la tromba durante veinticuatro horas, aspirar el aire y subir el agua otro tanto, tragándose cincuenta mil seres humanos.
Ahora, el aspecto cambia. Nos encontramos en Africa. Allí, llámase tornado á la tempestad. Estando la atmósfera calmosa y despejada, se siente cierta opresión en el pecho. Una mancha negra aparece en el cielo, semejante al ala de un buitre: dicha ala se desparrama, se ensancha desmesuradamente: luego, desaparece todo, todo da vueltas. Es asunto de quince minutos. La tierra queda devastada, el mar trastornado; de la embarcación, ni trazas. La Naturaleza no vuelve á recordar lo que por ella ha pasado.