Hacia Sumatra y el reino de Bengala, veréis al anochecer ó á media noche (nunca por la mañana), formarse un arco en el firmamento. De repente se ensancha, y de aquella negra arcada se desprenden pálidas y tristes exhalaciones. ¡Infeliz del que tenga que sobrellevar la primera ventada que de allí parte! Tal vez perezca.
Empero la forma ordinaria que reviste la tempestad es la de un embudo. Un marino que se dejó engañar, dice: «Vime como en la sima de un enorme cráter de volcán; á nuestro alrededor nada más que tinieblas, arriba un rayo de luz.» Es lo que se llama en términos técnicos: el ojo de la tempestad.
Una vez metido en la empresa, no es posible volverse atrás; no podéis desasiros. Salvajes mugidos, aullidos plañideros, estertor y gritos de ahogado, crujidos y lamentos de la pobre nave, que vuelve á revivir como cuando estaba en su bosque y se queja antes de exhalar el último suspiro, todo ese horroroso concierto no impide oir el cordaje que se complace en imitar los agudos silbidos de las serpientes. De improviso, silencio completo... Es que pasa furiosamente la masa de la tromba, cual rayo asolador, ensordeciéndoos, privándoos casi de la vista... Y al reponeros, observáis que ha roto en mil pedazos los mástiles, sin que lo hayáis visto ni oído.
Sucede, á veces, que los tripulantes conservan una reliquia largo tiempo, pues se les debilita la vista y vuélvenseles negras las uñas (Seymour). Entonces se recuerda con horror que en el acto de pasar la tromba, á la par que chupaba el agua, chupábase la embarcación, quería bebérsela, la mantenía suspendida en el aire y fuera del agua, abandonándola luego para que se sumiera en los profundos abismos.
Al verla hartarse é hincharse de esta manera, absorbiendo olas y barcos, hanla comparado los chinos á una mujer horrorosa, la madre Tifón que, cerniéndose en el aire y eligiendo sus víctimas, concibe, se llena y queda preñada, preñada de hijos de la muerte, los torbellinos de hierro (Keu Woo).
En China hánsela levantado templos y altares, se la hacen ofrendas, y dirígensela oraciones con ánimo de humanizarla.
Sin embargo, el intrépido Piddington no la adora: muy al contrario, habla de ella sin contemplaciones, apellidándola corsario demasiado robusto, pícaro pirata que abusa de sus fuerzas y que nadie debe encapricharse en combatir, sino que ha de huirse de su presencia, sin sentirse deshonrado por esto.
Enemigo tan pérfido os tiende á veces un lazo. Valiéndose de un viento favorable, os invita á proseguir vuestra ruta, y entonces se apresura á ceñiros con sus robustos brazos. No hagáis caso de ese viento favorable y volvedle la espalda, si es posible. Navegad cuan distantes podáis de tan peligroso compañero. No boguéis en conserva, pues espiará el momento para encadenaros, comprometeros en su vertiginosa danza, engulliros.
Por mi parte, mucho me complacería en no echar en olvido los paternales consejos que da ese hombre excelente. Serían inútiles, si los adversarios, la tromba y el barco, se encontrasen encerrados en un reducido espacio sin salida; pero raras veces sucede así. Casi siempre ese remolino de aire y de agua es inmenso, abraza un círculo de diez, veinte, treinta leguas, lo cual da á la embarcación probabilidades de observar y mantenerse á una respetable distancia. Lo que importa, ante todo, es saber dónde es central la tromba, dónde está su foco de atracción, y luego, conocer su continente y el grado de rapidez con que os persigue.