Mucho ha ganado el marino con poder navegar auxiliado de esas dos antorchas. Por un lado Maury le enseña las leyes generales del aire y del mar, el arte de escoger y seguir las corrientes; dirígele por rutas calculadas, que son á modo de las calles del Océano. Por otro, Piddington, en un pequeño volumen resume y pone al alcance de su mano la experiencia de las tempestades, lo que es preciso hacer para resguardarse de ellas y en ocasiones para que le sirvan de auxiliares.
Esto explica y justifica el precioso dicho de un holandés, el capitán Jansen: «La primera impresión que causa el mar es el sentimiento del abismo, del infinito, de nuestra insignificancia. A bordo del buque más poderoso, uno no deja de reconocer ni por un momento el peligro que le rodea; mas, cuando los ojos del espíritu han sondeado el espacio y la profundidad de los mares, desaparece el peligro para el hombre. Elévase y comprende. Guiado por la astronomía, al tanto de las vías líquidas, dirigido por las cartas de navegar de Maury, traza su ruta por el mar con toda seguridad.»
Sencillo y sublime lenguaje. No quiere decirse con esto que se hayan acabado las tempestades; empero lo que sí ha terminado es la ignorancia, la turbación y el vértigo que producen la obscuridad del peligro, y lo peor de todo peligro, el lado fantástico.—A lo menos, si se perece sábese el por qué. Hay ahora grande, muy grande seguridad de conservar el espíritu lúcido, el alma esclarecida, resignada á los efectos que puedan sobrevenir de las grandes leyes divinas del mundo que, al precio de algunos naufragios, constituyen el equilibrio y la salvación.
IV
Los mares polares.
Lo que más tienta al hombre, es lo inútil y lo imposible. De todas las empresas marítimas, aquella en que más ha perseverado, es el descubrimiento de un paso al norte de la América para irse en derechura de Europa á Asia. Las más vulgares leyes del buen sentido hubieran debido indicar anticipadamente que á existir dicho paso, en tan fría latitud, en una zona cubierta de hielos, de nada serviría, puesto que ningún ser humano querría aventurarse en él.
Observad que aquella región no tiene el aplanamiento de las costas siberianas, que se recorren en trineo, sino que es una montaña de mil leguas de extensión horriblemente accidentada, con profundas cortaduras, mares que se deshielan momentáneamente para helarse de nuevo, corredores de hielo que mudan de postura todos los años, se abren y se cierran á nuestro paso. Dicho paso acábalo de descubrir un hombre que, habiendo ido muy adelante, no podía retroceder, y avanzando siempre lo ha franqueado (1853). De suerte que ya sabemos á qué atenernos. He ahí, pues, que han dejado de trabajar las imaginaciones acaloradas, y nadie tiene ganas de seguir sus huellas.
Al decir lo inútil, referíame al objeto propuesto, esto es, crear una ruta comercial.—Empero prosiguiendo esa idea loca se han descubierto muchas cosas bastante cuerdas, de gran utilidad para la ciencia, la geografía, la meteorología y para el estudio del magnetismo terrestre.
¿Qué se intentaba desde un principio? Abrirse un camino corto al país del oro, á las Indias orientales. Inglaterra y otros Estados, celosos de la España y de Portugal, pensaban sorprenderlos de esta manera en el mismo corazón de su lejano imperio, en el santuario de la riqueza. Habiendo en tiempo de Isabel, encontrado ó creído encontrar algunos buscadores de oro unas cuantas partículas de este metal en la Groenlandia, explotaron la antigua leyenda del Norte, el tesoro escondido bajo el polo, las grandes cantidades de oro amontonadas y guardadas por los gnomos, etc., y se exaltaron las imaginaciones. Alentada por tan lisonjera esperanza, hízose á la vela para aquellas regiones una flota de dieciséis buques de alto bordo, llevando en calidad de voluntarios á los hijos de las más nobles familias de Inglaterra. Todos se disputaban el privilegio de partir para ese Eldorado polar, y los expedicionarios sólo encontraron la muerte, el hambre, murallas de hielo.