La continuación, todo el mundo la sabe. El minero y el plantador exterminaron un mundo, repoblándolo incesantemente á costa de la sangre negra. ¿Y qué ha sucedido? Que sólo el negro vivió y vive en las tierras bajas y cálidas, fecundísimas. La América está destinada á ser su patrimonio exclusivo, ya que la Europa obró precisamente al revés de lo que pensara.
Su impotencia colonial descuella por todas partes. El aventurero francés llegaba sin familia á aquellos países, con sus vicios, confundiéndose con la masa salvaje, en vez de civilizarla; el inglés, exceptuando dos países templados adonde se dirigió en masa y con sus familias, tampoco se fija al otro lado de los mares, y dentro de un siglo la India no guardará memoria de que haya vivido en ella. El misionero protestante, el católico, ¿tuvieron alguna influencia? ¿Convirtieron un solo salvaje al cristianismo? «Ninguno,» decíame Burnouf, tan bien enterado de estos asuntos. Hay entre ellos y nosotros treinta siglos, treinta religiones. Si se quiere forzar su inteligencia, sucede la que Mr. de Humboldt observó en los pueblos americanos llamados todavía las Misiones: habiendo perdido la savia indígena sin tomar nada nuestro, el cuerpo vivo pero muerto el espíritu, estériles, inutilizados para siempre, son toda su vida niños grandes, embrutecidos, idiotas.
Las excursiones de nuestros sabios, que tanto honran á la generación presente, el contacto de la Europa civilizada que va á todas partes, ¿en qué han aprovechado á los salvajes? No sé verlo. Mientras las razas heroicas de la América del Norte perecen de hambre y de miseria, las razas perezosas y afables de la Oceanía se consumen, con gran vergüenza de nuestros navegantes que allí, al extremo del mundo, arrojan la careta de la decencia, no conteniéndose más. Población cariñosa y débil, en la que notó Bougainville el exceso del abandono, y entre la cual los mercaderes apóstoles de la Inglaterra ganan dinero pero no almas, se extingue míseramente devorada por nuestros mismos vicios y nuestras enfermedades.
La dilatada costa de la Siberia estuvo habitada en otro tiempo. Bajo aquel durísimo clima vivían tribus nómadas, cazando los animales de preciosa piel, que les procuraban sustento y abrigo. La pérfida y mañosa política obligóles á establecerse ó á convertirse en agricultores en un país donde no es posible el cultivo. Así es como la muerte se ceba en ellos, y en particular sobre los varones. Por otra parte el comercio, insaciable, imprevisor, no respetando á los animales en la época del celo, halos exterminado también. Hoy reina el silencio, el más completo silencio en una costa que se extiende por espacio de mil leguas. No importa que silbe el viento, que se hiele el mar, ni que la aurora boreal transfigure la interminable noche: al presente la Naturaleza no tiene otro testigo que ella misma en aquellas antes bulliciosas regiones.
El primer cuidado que se hubiera debido tener en los viajes árticos de la Groenlandia, era entablar relaciones amistosas con los esquimales, dulcificar su trabajosa existencia, adoptar á sus hijos educándolos si no todos, parte de ellos en Europa, formar colonias en aquellos apartados climas, escuelas de descubridores. Tanto en las obras de John Ross como en todas las que se refieren al mismo asunto vese que están los esquimales dotados de inteligencia y muy aprisa se asimilan las artes de Europa. Hubiéranse efectuado enlaces entre sus hijas y nuestros marinos, naciendo de esas uniones una población mixta dueña por derecho propio de aquel continente Norte. Este era el medio verdadero de encontrar sin dificultades, de regularizar el paso tan deseado. Bastaban para ello treinta años: hanse empleado trescientos, y al fin y al cabo nada se ha conseguido, pues atemorizando á esos pobres salvajes que van al Norte y mueren, ¡habéis excluido de allí definitivamente al hombre de la región y el genio de la comarca! ¿Qué importa haber visto ese desierto, si lo hacéis inhabitable é inabordable para siempre?
Fácil es pensar, que si el hombre ha tratado con tanta rudeza á su semejante, no habrá sido más clemente ni mejor para con los animales. Cebóse furiosamente en las especies más tímidas, convirtiéndolas en salvajes y agrestes.
Todas las relaciones antiguas están contestes en asegurar que, al vernos por primera vez, sólo demostraban confianza en nosotros y una curiosidad simpática. Los viajeros pasaban por entre las pacíficas familias de los lamantinos y de las focas, que se dejaban tocar. Los pingüinos y los mancos seguían á los navegantes, aprovechándose de sus comestibles, y, llegada la noche, guarecíanse bajo las ropas de los marineros.
Nuestros padres estaban creídos, y no sin cierto grado de verosimilitud, que los animales sienten como nosotros. Los flamencos atraían el sábalo con el ruido de las campanillas. (Valenc., 20,327). Cuando se tañía algún instrumento en las embarcaciones, presentábase en seguida la ballena (Noël, 223), siendo la jubarta[3] la que más se complacía con la sociedad del hombre, puesto que jugueteaba y brincaba alrededor del barco.