Lo mejor de los animales, y que se ha llegado á destruir casi del todo á fuerza de persecuciones, era el matrimonio. Aislados, fugitivos, ahora sus amoríos son pasajeros, viéndose compelidos á guardar un mísero celibato, de cada día más estéril.

El matrimonio, fijo, real, es la vida de la Naturaleza que se encuentra en casi todas las cosas. El matrimonio, amor único, fiel hasta la muerte, existe entre el corzo, entre la urraca, entre la paloma, entre el inseparable (especie de lindo papagayo), entre el intrépido camique, etc. Respecto á las demás aves, dura á lo menos hasta que los pequeñuelos están en estado de manejarse por sí mismos: entonces la familia vese precisada á separarse necesitando extender el radio donde se procura su sustento.

La liebre en medio de su vida agitada y el murciélago que vive envuelto en tinieblas, son tiernísimos para su familia; y hasta los crustáceos, los pulpos, se quieren y se auxilian: cuando se pesca la hembra, el macho se precipita sobre ella y déjase agarrar.

¡Y cuánto más conocidos son el amor, la familia, la unión ó matrimonio, en la verdadera acepción de estas palabras, entre los tiernos anfibios! Su paso tardo, su vida sedentaria, favorecen la unión fija. La morsa (elefante marino), ese animal enorme y de tan extraña facha, es intrépido en amor: el marido se sacrifica hasta la muerte por su mujer, y ésta por el hijo. Mas, lo que no tiene ejemplo, lo que no se ve en ninguna otra parte, ni aun entre los animales de la escala superior, es que el pequeñuelo, en salvo y escondido por la madre, al verla combatir en defensa suya, acude á defenderla á su vez, y ¡noble corazón! se ensaña contra su enemigo y muere por la que le diera el ser.

Steller vió entre una familia de otarios (anfibios también) una escena casera absolutamente humana:

Una hembra habíase dejado robar su cachorro; furioso el marido, le pegaba, y la pobre se encaramaba, besábale, lloraba á lágrima viva, al extremo de tener inundado el pecho con el llanto que vertía.

Las ballenas, que carecen de la vida fija de esos anfibios, van, sin embargo, de dos en dos en sus errantes paseos á través del Océano. Duhamel y Lacépède dicen que, en 1723, dos de estas ballenas que estaban heridas no se separaron nunca, y cuando estuvo muerta la una, la otra se abalanzó sobre su cuerpo lanzando horrorosos mugidos.

Si hay en el Universo un ser cuya sangre debiera economizarse, es la ballena franca, tesoro admirable, donde la Naturaleza ha amontonado tantas riquezas. Ser, además, inofensivo, que á nadie persigue ni vive de especies que sustentan al hombre. Exceptuando su temible cola, carece de armas defensivas. Y no obstante, ¡cuántos enemigos tiene! Todos se atreven con ella; innumerables especies se acomodan en su lomo y viven á sus expensas, llegando su descaro hasta el punto de roer su lengua. El narval, armado de traidoras defensas, las hunde en sus carnes; los delfines saltan y la muerden, y el tiburón, al vuelo, de un golpe de sierra le arranca un sangriento jirón.

Otros dos seres, ciegos y feroces, ensáñanse con el fruto de sus entrañas, haciendo una guerra cobarde á las hembras preñadas; hablamos del cachalote y del hombre. El primero, con su horrible cabeza, que constituye la tercera parte del cuerpo, todo dientes (tiene cuarenta y ocho), todo quijadas, muérdela en el vientre, devora el hijo dentro de su mismo cuerpo, y luego, sin apiadarse de sus acerbos dolores, trágase á la madre. El hombre la hace sufrir más tiempo, pues la sangra, y golpe tras golpe hiérela bárbaramente. Dura en la muerte, en su dilatada agonía la pobre tiembla, hace desesperados esfuerzos y se queja lastimeramente. Muerta y todo, su cola se mueve, no siendo prudente en aquellos momentos acercarse á ella. Los pobres brazos de la desventurada, antes calientes por el fuego del amor, vibran aún; parece que no ha dejado de existir y que está buscando á su cachorro.