En tierra están reglamentadas las estaciones de caza, y lo mismo debe hacerse con la pesca, teniendo en consideración el tiempo en que cada especie se reproduce.
Debe ser economizada, como la corta de las maderas, dejando á la producción el tiempo de repararse.
Los cachorros y las hembras preñadas han de ser respetadas, sobre todo en las especies que no abundan mucho y entre los seres superiores no tan prolíficos,—cetáceos y anfibios.
Nos vemos obligados á matar: nuestros dientes, nuestro estómago, demuestran que fatalmente necesitamos inmolar. Preciso es, pues, compensar esto multiplicando la vida.
En tierra, creamos, defendemos los rebaños, hacemos multiplicar muchos seres que no nacerían, serían menos fecundos ó perecerían jóvenes, devorados por las bestias feroces. Es una especie de derecho que sobre ellos tenemos.
En el agua hay aún más vidas tiernas anuladas: defendiéndolas, propagándolas, haciéndolas muy numerosas, nos creamos un derecho de vivir sobre lo inconmensurable. La generación es susceptible de dirección como un elemento aumentado indefinidamente. El hombre, sobre todo en aquel mundo, se aparece como el gran mágico, el promotor poderoso del amor y la fecundidad. Es el adversario de la muerte, pues si bien se aprovecha de ella, la parte que se adjudica nada es en comparación de los torrentes de vida que puede crear á voluntad.
Tocante á las preciosas especies próximas á desaparecer, la ballena más que ninguna, el animal más grande, la vida más rica de toda la Creación, debe dejárselas en paz, á lo menos durante medio siglo. Así podrá reparar sus desastres. No sintiéndose perseguida, regresará á su clima natural, la zona templada, encontrando allí su inocente vida de apacentar la viviente pradera, los pequeños seres elementales. Vuelta á sus antiguos hábitos y á sus propios alimentos, reflorecerá, recobrará otra vez sus gigantescas proporciones, y volveremos á ver ballenas de dos y trescientos pies de largo. Que sus pasados lares do tenía sus amoríos sean sagrados. Esto ayudará no poco á hacerla nuevamente fecunda. En otros tiempos placíase en las bahías de California. ¿Por qué no dejarla en ellas? Así no se encaminaría en busca de los atroces hielos polares, de las míseras guaridas donde locamente se la persigue, impidiéndola juntarse y procrear.
¡Paz para la ballena franca! ¡Paz para el dugongo, la morsa, el lamantín, especies preciosas que no tardarían en desaparecer! Necesitan muchos años de paz, cual la que tan discretamente hase ordenado en Suiza para el revezo, precioso animal que había sido batido y destruido casi: creíasele perdido, mas no tardó en presentarse de nuevo.
Para todos, así anfibios como peces, requiérese una época de reposo; una Tregua de Dios.