El mejor modo de multiplicarlos es ahorrar su sangre en la época de su reproducción, en la hora que la Naturaleza desempeña en ellos su obra de maternidad.

Parece como que los pobres adivinan que son sagrados en aquellos momentos, pues pierden su timidez, muéstranse á la luz del día, acércanse á la playa: diríase que se creen con derecho á ser protegidos.

Están entonces en el apogeo de su belleza, de su fuerza. Sus brillantes libreas, su fosforescencia, indican el supremo resplandor de la vida. En todas aquellas especies cuyo exceso de fecundidad no es amenazante, deben respetarse con religiosidad esos momentos. Que mueran después, no importa. Si hay que matarlos, ¡matadlos! mas, primero, dejadles vivir.

Toda vida inocente tiene derecho á disfrutar momentánea dicha, cuando el individuo, por inferior que sea la escala en que la Naturaleza le haya colocado, rompe el estrecho límite de su Yo individual, quiere una perpetuación de sí mismo, y en medio de su obscuro deseo penetra en el infinito do debe perpetuarse.

Que el hombre coopere á su deseo; que auxilie á la Naturaleza, y recibirá las bendiciones de todos los seres, desde los que pueblan los abismos hasta los que se remontan al firmamento. Dios le mirará compasivo si se constituye con El en promotor de la vida, de la felicidad; si distribuye á todos la parte que, aun á los más pequeños, corresponde aquí abajo.

LIBRO CUARTO


RENACIMIENTO POR EL MAR

I

Origen de los baños de mar.