—¡Fulaniño!—me decían—. Vendrás muy cansadiño. ¡Pobriño!...

Parecía que lloraban, y lo que hacían era manifestar una gran alegría. Son los inconvenientes de este acento tan dulce.

Pero yo no quiero hacer comentarios sobre el acento gallego. En esto de los acentos tengo una experiencia algo desagradable y no desearía repetirla con mis propios paisanos.

VII
ANTONIÑO


Hará cosa de dos o tres meses, Antoniño fue a confesarse, y en el curso de su confesión, le dijo al cura que leía periódicos.

—¡Malo! ¡Malo!...—refunfuñó el cura—. No veo qué necesidad tienes tú de leer periódicos. ¡Siquiera fuesen de la buena Prensa!... Pero, seguramente, serán de la otra.

Eran de la otra, en efecto, y Antoniño lo reconoció así, aunque aduciendo un motivo justificante.

—¡Qué quiere usted, padre!—exclamó—. La buena Prensa es tan mala!...

—No hay más Prensa mala que la mala Prensa—repuso el cura sentenciosamente—. Y vamos a ver, ¿qué periódicos son esos que tú lees?...