No. Los poetas quieren el carro primitivo y el arado virgiliano. Yo tengo grandes sospechas de que si Virgilio viviese hoy, cantaría la trilladora mecánica; pero Virgilio ha muerto, y su arado es como una herencia que les hubiese dejado a todos sus sucesores. ¡El arado virgiliano! ¡El carro venerable! ¡La campiña arcádica, por donde los ríos se deslizan mansamente!... En el fondo, es posible que los poetas tengan razón y que más valiera el que las cosas siguiesen así. Lo malo es la competencia. Cuando los ríos de otras partes se han puesto de lleno a trabajar y están constantemente transportando cargamentos y moviendo turbinas, los nuestros tienen que prepararse a la defensa. Con unos ríos ociosos y un material agrícola prehistórico no se puede conseguir ya nada más que una flor natural en algún certamen literario de provincias, una escribanía de plata o una colección de las obras completas del marqués de Figueroa.

X
PROPIEDAD, ABOGADISMO, POLÍTICA


Excepto el autor de estas líneas, todos los gallegos son propietarios. El pobre más pobre puede siempre cosechar un repollo y ponerlo a hervir en su olla al amparo de cuatro tejas familiares. Difícilmente podrá encontrarse país alguno donde la propiedad esté tan distribuida como en Galicia. Hay fincas como una alcoba y otras como un pasillo. De algunas huertas apenas si lograrían sacarse al año patatas bastantes para un banquete de treinta cubiertos. ¿Quién va a comprar, para cultivarlas, máquinas sembradoras ni tractores automóviles?

Esta subdivisión de la propiedad no creo que resuelva, ni muchos menos, el problema de alimentar al campesino; pero, en cambio, mantiene al abogado. Cada ferrado de terreno gallego está siempre en pleito con uno de los ferrados de terrenos vecinos. El solo hecho de la entrada a una finca que, muchas veces, se encuentra rodeada de veinte o treinta, suele ser un semillero de cuestiones, y, mientras se arruina el campesino, el abogado engorda. Bien es verdad que los campesinos son también un poco abogados. Todos son abogados aquí, unos con título y otros sin él. Yo no sé si la marrullería gallega es una consecuencia de la subdivisión de la propiedad, o si los gallegos han conseguido que la propiedad se subdividiese gracias a su proverbial marrullería. Lo que sí sé es que ambas cosas se relacionan y se apoyan, dando origen a una tercera: la política. Este ambiente abogadil de intrigas constantes y de habilidades pequeñas no puede ser más a propósito para la formación del político español. De él salió Montero Ríos, su representante máximo, con toda esa caterva de hijos, sobrinos, yernos, amigos y contertulios que nos mangonean todavía...

Hay quien opina que subdividir la propiedad es una manera de abolirla y que no existe diferencia entre el que la propiedad sea de todos y el que no sea de nadie. Es como si a cada uno nos diesen un balón de oxígeno para respirar y nos dijesen que eso equivalía exactamente al uso libre de la atmósfera. La socialización de la propiedad se hará en toda España antes que en Galicia, donde no falta quien ya la considere hecha. En Galicia la tierra es de todos; pero tan pronto como un gallego traspone su propio ferrado de secano o de regadío, cada paso que da le cuesta un pleito. Los andaluces tienen una fama de generosos contraria a la de los gallegos, y es muy posible que esta fama esté justificada. Andalucía es un país de proletarios, donde el espíritu de propiedad no ha tenido ocasión de difundirse. Galicia, en cambio, es un país donde todos poseen algo, a excepción de algún escritor más o menos original, como el autor de esta crónica.

XI
EL CELTA MIGRATORIO


La emigración?—me dice un amigo—. Pero, ¿usted cree que la emigración es un mal? Todo el dinero que ganan los gallegos en América viene luego aquí, a mover nuestra industria. Y no es sólo dinero lo que los indianos hacen circular entre nosotros, sino también espíritu de progreso y de tolerancia. Con su acento absurdo, diciendo San Jorge de Bolsas en vez de San Jorge de Sacos, y cosas por el estilo, los gallegos que vuelven de América están modernizando Galicia. Desengáñese usted. La emigración es un bien...

Yo estaba ya completamente desengañado. Creo que la emigración es un bien; pero en esto, precisamente, consiste el mal. Hay circunstancias en las que un hombre no tiene más recurso que ponerse al servicio de otro hombre si no quiere morirse: a ese hombre le conviene hacer de criado; pero, indudablemente, el estado de criado no constituye un estado envidiable. La emigración es un bien, y esto es lo malo. También es un bien salir de presidio; pero sería mucho mejor no haber entrado en él.