Yo había leído este diálogo, que acabo de traducir casi literalmente, en La Biblia en España, de Jorge Borrow, que así se llamaba aquel inglés estrafalario, hoy una de las glorias más puras con que cuenta la literatura inglesa. Lo había leído hace tiempo, y creía que el Sr. García, ya no muy joven a comienzos del siglo pasado, yacería ahora bajo su amada tierra pontevedresa, quizás alimentando con sus despojos algún castaño o algún cerezo. Pero España es el país donde no se muere nunca completamente. Al llegar a Pontevedra uno se encuentra en seguida con el Sr. García, que comienza a hablarle mal de Vigo.

La lucha entre Vigo y Pontevedra continúa hoy igual que en el año 1835. Y lo que ignora el Sr. García, como si desde que habló con Mr. Borrow no hubiesen pasado días ningunos, es que, frente a Vigo, Pontevedra no es Pontevedra, sino más bien Madrid. Pontevedra es el Ministerio de Hacienda, y el de la Guerra, y el de Fomento, y el de Gobernación. Pontevedra es la Administración, y Vigo es la Geografía. Si Vigo llegase a ser un día el centro de comunicaciones más importante entre Europa y América, yo no creo que el pueblo pontevedrés perdiese nada con ello. La bahía de Vigo vendría a ser entonces, sencillamente, una bahía de Pontevedra. Algo así como su propia bahía de usted, querido Sr. García.

En cuanto a los vigueses, yo temo que su bahía sea superior a su ambición. Con una ambición digna de una bahía tan hermosa, los vigueses debieran considerar a Pontevedra como un barrio del Vigo futuro. ¡El barrio aristocrático, el barrio oficial a unos veinte kilómetros y pico del barrio mercantil! El barrio de los notarios viejos, como aquel excelente y parroquial señor García, que, después de comprarle algunas biblias a Borrow, le dijo:

—Si alguna vez tiene usted ocasión de hablar de mí en letras de imprenta, no deje usted de hacerlo. Ya sabe mi nombre y mis títulos: Señor García, notario público de Pontevedra...

IX
EL ARADO VIRGILIANO


Si, al escribir su Historia del Arado, hubiera tenido que limitarse a Galicia, el doctor Raer, por muy sabio, por muy pesado y por muy alemán que fuese, no hubiese podido llenar arriba de unas veinte páginas. El arado gallego, como la mujer honrada, carece de historia. Es un instrumento prehistórico, cuya imagen exacta se encuentra en algunas tumbas etruscas y creo que en ciertas monedas celtíberas. Don Casto Sampedro, un distinguido arqueólogo que se pasa la vida recogiendo curiosidades celtas y romanas para el museo de Pontevedra, debiera llevarse allí un arado y, con poco esfuerzo, dotaría así de una antigüedad indiscutible a la simpática institución.

Los carros gallegos tampoco han progresado mucho más que el arado. Al avanzar, sus ruedas producen un sonido agudo que se va modulando en inflexiones lentas y quejumbrosas. Dicen que este sonido anima a los bueyes y les hace seguir andando. También se podría sostener que el ruido de unas botas nuevas anima al que las lleva y le impulsa a continuar su camino... Dicen que sirve como de bocina para avisar a los carros que vengan en dirección contraria, y es indudable que al ruido de unas botas nuevas cabría atribuirle asimismo un objeto muy semejante... Yo me he pasado horas y horas oyendo la voz de los carros gallegos. Me parecía una voz familiar, y tenía la sensación de haberla oído ya, hacía muchísimos siglos.

Chirrar d'os carros d'a Ponte
Tristes campanas d'Herbón...

Los carros gallegos cantan, y los poetas cantan el canto de los carros gallegos. No les hablen ustedes a estos poetas de sembradoras mecánicas ni de trilladoras automóviles. Semejantes chismes destruirían la poesía del campo, y entonces no habría certámenes literarios, ni flores naturales, ni nada. Las chicas elegantes, perdida toda esperanza de que se las nombrase reinas en alguna fiesta del gay saber, no les harían ya ni pizca de caso a los pobres poetas, quienes tendrían que limitar su vida al prosaico empleíllo de la Delegación de Hacienda o de la Diputación provincial. El hijo ilustre de la provincia, varias veces ex ministro, no vendría nunca más de mantenedor a pronunciar discursos grandilocuentes, y sus opiniones estéticas quedarían inéditas en lo porvenir... Sería la ruina de la poesía; y, ¿qué se iba a hacer sin poesía en las capitales de segundo y tercer orden?