—Descuida, Antoniño. No daré detalles y seguirás conservando todos los elementos necesarios a tu vida: un empleo, una novia, una absolución...
VIII
UN AMIGO DE MISTER BORROW
Allá por el año de 1835 cayó en España un inglés estrafalario que venía a vender biblias. Un día este inglés llegó a Pontevedra con una carta de recomendación para el Sr. García, notario de la ciudad. El señor García resultó ser un patriota entusiasta, pero en un sentido puramente local, según cuenta el inglés. Su patria era Pontevedra, y el extranjero, Vigo.
—Esos tíos de Vigo—exclamaba—dicen que su ciudad es mejor que la nuestra y que debiera convertírsela en capital de la provincia. ¿Ha oído usted alguna vez una locura semejante? ¿Se le hubiese ocurrido a usted nunca comparar a Vigo con Pontevedra?
—Yo no sé—replicó el inglés—. Yo nunca estuve en Vigo; pero he oído decir que la bahía de Vigo es la mejor del mundo.
—¡La bahía!—refunfuñaba el Sr. García—. ¡La bahía!... Sí. Esos canallas tienen una bahía, y con ella nos han robado a nosotros todo el comercio; pero, ¿para qué necesita tener bahía una capital de provincia? ¡La bahía! Yo espero—continuó el Sr. García, dirigiéndose al inglés—que usted no ha venido desde tan lejos para tomar la defensa de una taifa de bandidos como esos de Vigo.
—No—contestó el inglés—. En realidad yo ignoraba que los vigueses necesitasen mi auxilio en esta disputa. Lo único que me propongo hacer con ellos es llevarles el Nuevo Testamento, del cual, evidentemente, tienen mucha necesidad si son tan golfos y tan canallas como usted los pinta...
Y largo rato después, todavía el Sr. García refunfuñaba:
—¡La bahía!... A mí nunca se me ha alcanzado con qué derecho puede tener bahía un pueblo como el de Vigo...