—Así, sí, señor, y con la misma tranquilidad con que hubiese podido decir «buenos días». No se figure usted que yo soy un gallina.

—Y el cura, ¿qué te contestó?

—El cura me preguntó que si eso de El Sol era una novela, y cuando yo le expliqué que era un periódico de diez céntimos, me dijo:

—Si es de diez céntimos, debe de ser bueno...

—¿Y conseguiste la absolución?

—Ya lo creo. En las ciudades se consigue todo. Pero yo quería vengarme del cura de aquí, y al día siguiente, cuando estaba sirviendo la comunión, me puse con los demás, y me la tuvo que dar él mismo. El ya debía de comprender que yo tenía mi absolución en el bolsillo; pero, ¡si viera usted qué cara me puso!...

—¡Bravo, Antoniño! Y, ¿sigues leyendo El Sol?

—Sí, señor.

—Pues dentro de unos días leerás en él tu historia. La gente no va a creerla, pero ahí estás tú para dar fe.

—Es que... si por casualidad se enteran en la fábrica y me despiden...